martes, 3 de abril de 2018

La elección del nombre del bebé

No es un secreto que mi hija se llama Emilia. Desde siempre pensé que si tenía una niña iba a llamarse Alicia y si era un niño, Héctor. Si Emilia hubiera tenido pichurra se habría llamado Telmo. 

Yo es que tengo una visión de futuro acojonante. 





No es que los nombres de Héctor o Alicia hayan dejado de gustarme, sino que o no me puse de acuerdo con parejo o encontramos otro que nos hacía palpitar el corazón más fuerte en este momento vital. Cierto, los gustos por los nombres van cambiando con el tiempo y después de casi cuatro años de infertilidad pues ha habido sus más y sus menos. 

No en vano, cuando aún era una jovenzuela incauta de las que como locas del coño (con perdón) pensaba que me preñaría a la de tres, llevaba en el móvil sendas listas, una con nombres de chico y otra de chica, en las que iba añadiendo aquellos que llamaban mi atención. Yo qué sé, me tomaba eso de elegir nombre como una cosa muy trascendental, un hito ahí todo intenso, como mi vida en general. A menudo parejo y yo hablábamos (y discutíamos, y discutíamos...) sobre este tema. 

Mi lista aumentó primero, disminuyó después cuando tuve que tachar alguno de los nombres porque alguien de mi entorno cercano se apropió de ellos primero (¿cuántas eran las probabilidades?), quedó en stand-by con la incertidumbre y a punto estuvo de ser borrada en los peores momentos, y finalmente no sirvió para nada. 

Como lo oyes.

Años de extensa recopilación y selección pormenorizada tirados por la borda. 

Joder, yo creía que si alguna vez finalmente llegaba el momento, parejo y yo montaríamos algo así como un cónclave súper secreto en el que pondríamos en común nuestras impresiones y del que saldría oh, oh my Lord, el nombre definitivo. Peor, los nombres definitivos, en plural, porque te recuerdo que en esta casa estamos tan mal de la azotea que no sabíamos el sexo del pollito. Pues no. Todo fue mucho más natural e imprevisto: el día después de la transfer parejo apareció con un libro gordote de nombres (pa haberlo matao, menos mal que la beta fue positiva contra todo pronóstico), lo revisamos por separado (hecho este que no valió para nada puesto que el único nombre en el que coincidimos fue Blas), y luego ya en verano, aprovechando las tardes de asueto parapetada en una de esas malditas tiendas Quechua que se despliegan en 2 segundos y nunca acaban de plegarse bien, me revisé las listas que llevaba en el móvil, las pasé a papel y taché los nombres que me gustaban menos dentro de los que me gustaban.

Ahí descubrí que, efectivamente, para niña me gustan los nombres de señora y para niño los de santo. Misterio misterioso. 

Aún albergaba la esperanza de que parejo hiciera lo mismo y el ansiado cónclave tuviera lugar. 

Meeeec.

La elección tuvo lugar un día cualquiera, creo que mientras comíamos. 

- "Oye, parejo, que yo tengo que ir cerrando ya este asunto, que me está dando vueltas locamente en la cabeza y me lo tengo que quitar de encima".

- Ah, pues a mí me gustan Telmo y Emilia. 

- Ah, pues a mí también. 

Ah, pues ele, ya está. Cientos de horas mirando el aplicativo de nombres del INE a la basura. 


¿Cuáles eran mis premisas para el nombre de pollito?


  • Que no fuera un nombre largo ni fácil de abreviar: la primera en la frente, no se cumple. 
  • Que no fuera un nombre de tradición familiar: que la hay por rama paterna. Y la habríamos roto o romperemos si alguna vez en un universo paralelo repetimos paternidad y fuera un niño.
  • Que no se hubiera puesto recientemente en nuestro entorno cercano.
  • Que no fuera un nombre muy puesto: a lo mejor es que yo tengo trauma infantil.
  • Que no sea un nombre de moda: es curioso que algunos nombres no se han oído nunca y de repente, son trending topic de una generación. Y si no, ¿dónde están las Mónicas o las Sandras a día de hoy? No quedan, se gastaron los nombres entre los 30-40 años.
  • Que fuera un nombre "de toda la vida".
  • Que fuera un nombre en castellano.
  • Que no hubiera que deletrearlo.
  • Que nos gustara la sonoridad.
  • Que no nos recordara a nadie que nos cayera mal.


Cosas que no me importaron lo más mínimo


  • Las opiniones ajenas, porque de esto siempre va a haber de todo (te lo cuento luego más abajo). 
  • Las rimas posibles: desde que una Irene me dijo que hacían bromas con su nombre, ya flipé bastante.


¿Por qué Emilia?

Era un nombre que estaba entre nuestros favoritos de mujer de unos años a esta parte. Cumplía la mayoría de nuestros requisitos (no, no tenemos tradición con el nombre en la familia, muchas personas nos han preguntado sorprendidos por nuestra elección). Nos encanta la sonoridad, nos parece dulce y fuerte a la vez. Y, curiosamente, porque se nos han ido apareciendo Emilias en algunos momentos clave de nuestra vida reciente. Porque además tiene cierta tradición en el barrio donde vivimos. 

Así resumiendo, porque nos parece un nombre precioso que se ha dejado de poner en España (no en el mundo anglosajón o en Francia; tampoco en algunos países del Este, donde además es Emilia también).

Reacciones al nombre

Te comenté que no tuvimos en cuenta las opiniones externas. Por supuesto, no incluimos a nadie ajeno a nosotros dos en el debate. Debemos haber tenido un embarazo muy atípico, porque no nos preguntaron mucho por el tema, y de hecho, mi suegra, por ejemplo, supo los nombres elegidos apenas 15 días antes del nacimiento.

Claro, que en aquel momento, tampoco sospechábamos que el pollito nacería en 15 días.

A lo que iba, cuando dijimos a la familia que preguntó que sería Telmo o Emilia (o Emilia cuando ya nació la peque), pues hubo reacciones desde el silencio incómodo, a sorpresa, a intentos de que cambiáramos nuestra idea o comentarios directos de que el nombre era feo. Ya digo que me resbala mucho: para gustos se hicieron los colores y soy consciente de que es más fácil que gusten nombres más comunes, aunque solo sea por la familiaridad de oírlos a menudo. A mí misma Telmo y Emilia me parecen nombres de "digestión lenta", que digo yo.

En el resto de amigos, conocidos, familiares lejanos, pues hay de todo, como en botica. Mucha sorpresa también por la elección y algunas reacciones inesperadas (para bien) de personas que sienten un especial cariño por el nombre, en general, porque tienen alguna familiar que lo lleva y les trae buenos recuerdos.  


Al final, Emilia no podía ser de otra forma. Es ella. Dulce y fuerte. Nuestra niña. Con nombre de señora, ¿y qué?

Parejo ya me ha advertido de que si hubiera ese universo paralelo y alguna vez, ever, tuviéramos un bebé con pichurra, no dé Telmo por hecho. Que conste que a mí me gustaba más Román.


¿Y a ti? ¿Te costó elegir nombre de tu bebé? ¿Tienes traumas con el tuyo propio? ¿Hiciste caso a las presiones del entorno o como yo, estás ya de vuelta de todo?

miércoles, 21 de marzo de 2018

¡Es una niña!: cómo supimos el sexo de pollito

(La primera parte de este relato puedes encontrarla aquí)




Lunes, 8 de enero por la mañana

El taxista no se atrevió a abrir la boca en todo el trayecto hacia el hospital. Juraría que lucía el sol y el tráfico era ligero, aunque no estoy del todo segura. Solo teníamos ojos el uno para el otro:

- No llores, por favor, no llores -le decía a parejo mientras sorbía mis lágrimas- Todo va a salir bien, peque, todo va a salir bien. 

El datáfono iba más lento de lo normal. 

- A veces le cuesta coger cobertura- se disculpó el taxista- No esperéis, iros, supongo que se cobrará cuando coja señal.

La sala de espera estaba a rebosar. Mi gine nos coló en cuanto supo que habíamos llegado. 

- Lo siento, chicos- tenía los resultados de los análisis sobre la mesa- Lo que te he comentado por teléfono: tienes las proteínas en orina cuarenta veces por encima de lo normal. Los valores del hígado también están alterados, las plaquetas bajando, la coagulación fuera de rango. No podemos arriesgarnos a seguir el embarazo en estas condiciones. 

- Pero, pero... - no salía de mi asombro, hacía solo 3 semanas de la última revisión completa y estaba todo perfecto- ¿No podemos esperar una o dos semanas? No contábamos con esto, no, no quiero parar el embarazo tan pronto...

- Es un riesgo enorme, para ti y para el bebé. Estáis mejor si está fuera. Tu bebé necesita una madre que pueda hacerse cargo de él y no una madre con secuelas de una preeclampsia. Su desarrollo ya está afectado además, viene bajo de peso para su edad gestacional. Estamos en la semana 32, no cabe esperar grandes complicaciones: cuatro, cinco semanas de UCI de neonatos. Hay que poner la inyección para madurarle los pulmones, por si acaso. Hoy una dosis, mañana otra, y el miércoles inducimos. Suponiendo que la doppler esté bien -anotó rápido unos números en una tarjeta y me extendió una receta- Este es mi número de teléfono personal: llamadme cuando salgáis de la ecografía. Y la receta de los corticoides para madurar los pulmones: hay una farmacia aquí mismo a la vuelta. Vente de nuevo y te pongo la inyección. 

- Entonces, ¿no hay nada que hacer? 

- No, chicos, la situación solo puede ir a peor, una preeclampsia solo evoluciona a peor. Tenéis dos días para prepararos para recibir a vuestro bebé, para prepararos para un prematuro. El miércoles intentaremos un parto vaginal, pero es muy probable que acabemos en cesárea. Ven, súbete al potro que te hago un tacto.

Joder, no, cesárea, no. Con lo que había buscado un sitio y equipo que atendiera partos lo menos intervenidos posible...

- Tienes el cuello del útero borrado, no toca para tu semana de gestación. El bebé ya sabe que no puede estar mucho tiempo más dentro. 

- Tengo mucho miedo. Nosotros habíamos escogido este hospital precisamente por el protocolo e instalaciones de parto respetado y de pronto, nos encontramos con un prematuro en la semana 32. ¿Cómo es la UCI aquí? No lo sabemos, no sabemos lo que podemos esperar...

- Escuchad, voy a llamar para que podáis hablar con alguien de pediatría o enfermería de neonatos. Aquí tenemos casi todo el equipamiento necesario, lo único, en el caso de que se necesitara cirugía para el bebé o UCI de adultos, tendríamos que trasladaros al hospital X. Llegado el momento, si fuera necesario, os trasladaríamos a los dos juntos, madre y bebé.

Salimos de consulta. Fuimos a la farmacia más cercana a comprar la primera dosis de la inyección de corticoides para madurar los pulmones del bebé. Parejo y yo nos paramos a hablar, sentados al sol en las escaleras de piedra de entrada a un edificio. Estábamos completamente en shock. Decidimos que íbamos para adelante con la primera inyección y que buscaríamos una segunda opinión médica esa misma tarde en el hospital X (ese al que nos trasladarían en ciertos supuestos). Especialmente yo me negaba con todas mis fuerzas a asumir que el embarazo tenía que terminarse ya. Me miraba y me acariciaba la barriga, no podía ser...

Pasamos de nuevo a consulta, me puso la inyección. 

- No te olvides de llamarme cuando salgáis de la eco esta tarde. De todos modos, si hay algo urgente, me darán un toque inmediatamente. Nos vemos mañana para poner la segunda inyección. Id ahora a atención al paciente, que ya os están esperando y habláis con el personal de la UCI. 

No podía parar de llorar. Era como una pesadilla: ¿de verdad me estaba pasando eso a mí? ¿De verdad se iba a acabar mi embarazo de esta forma e iba a tener un bebé prematuro? ¿Qué problemas podía tener el bebé? Los pensamientos no eran nítidos, se amontonaban en mi cabeza de forma muy desordenada, me ponía en mil supuestos, recordaba la cantidad de veces en las que había pensado que una de las cosas que más me asustaba era que se adelantara y el bebé naciera antes de tiempo. Temía por mi salud. Por la de pollito. Quizá de esta no saliéramos las dos. 

Hablamos con dos enfermeras de la UCI. Seguí llorando durante toda la conversación. Nos dijeron que todo estaría bien, trataron de animarnos. Me dieron una cajita con muestras de cosas para el bebé. 

Lunes, 8 de enero por la tarde

Nos fuimos a casa. Comimos cualquier cosa. Teníamos que ir enseguida a hacernos la ecografía doppler para determinar el estado de la placenta y el bienestar y peso estimado de pollito. Yo estaba paralizada por el miedo, a ratos me ponía en lo peor. Necesitaba una buena noticia, una noticia normal entre tanta mierda, necesitaba hablar con pollito, llamarle por su nombre y despedirme de él por si acaso. 

- Peque, me parece tan absurdo entrar a la eco de hoy pidiendo que no nos digan el sexo de pollito con la situación que tenemos... Quiero una buena noticia hoy, quiero saber si es un niño o una niña, el parto ya no va a ser cómo habíamos imaginado en ningún caso,¿cómo lo ves? - le pregunté a parejo. 

Estuvo de acuerdo, así que cambiamos nuestro discurso en cuanto vimos al ecografista.

- Hoy venimos con muy malas noticias. Me han diagnosticado una preeclampsia severa y venimos a ver cómo se encuentra mi placenta y el bebé. Hasta ahora no habíamos querido sabido el sexo, pero hoy nos gustaría saber si es una niña o un niño, nos ayudaría en estos momentos. 

- Tranquilos, vamos a comprobarlo todo. Túmbate, descúbrete la barriga, por favor - el ecografista observaba a nuestro pollito- Aquí está. El corazón está perfecto, ¿lo oís? Aquí la cabecita, ya está colocado. Bien, su cabecita también está perfecta - revisaba todo con atención, nos iba enseñando las imágenes, los flujos de sangre, respirábamos aliviados- Vamos a ver...es una niña. 

Debí dar un pequeño salto en la camilla. Miré a parejo. Estaba perpleja. 

- No- dije muy segura- no puede ser. 

- ¿Por qué?- me preguntó la ecografista- ¿Pasa algo?

Me reía. 

- No, claro que no, no pasa nada. ¿De verdad es una niña? Llevo todo el embarazo creyendo que es un niño. Vamos, que yo lo tenía clarísimo. 

- Pues en absoluto. Es una niña, mira - la imagen no dejaba lugar al mínimo atisbo de duda.

- Es una niña - repetí por lo bajo, incrédula aún- Una niña. 

Siete meses y poco pensando que iba a ser madre de un niño, no me digas por qué. Yo lo sabía, sabía que era un niño. Yo y mi intuición femenina. 

Pollito era una niña.

El resto de la ecografía fue menos esperanzador: la sangre no estaba llegando bien, nuestra hija ya estaba pequeña para su edad gestacional, con un peso estimado de 1,500 kg y por debajo del percentil 7. La opinión del médico: volver a valorar en una semana como mucho, siempre que mi analítica lo permitiera. 

Fuimos a un VIPS (madre mía, cuánto tiempo hacía que no pisábamos uno) a beber algo, hablar de nuestra niña, de nuestros miedos, a organizar el resto de la tarde. Llamamos a mi gine para adelantarle los datos de la ecografía. Nos dio tiempo a comprar un pijama y un camisón abiertos por delante y a hacernos con una camiseta de porteo apta para hacer método canguro con prematuros antes de ir al hospital X a pedir una segunda opinión. 

El ginecólogo nos miró con cara escéptica al entrar en su consulta. Éramos su última cita del día, el reloj marcaba las ocho y diez de la tarde. Al ver los resultados de mis análisis y la eco doppler, se ajustó las gafas y se quedó en silencio. Revisó varias veces toda la documentación que habíamos llevado. 

- Su ginecóloga ha estado muy acertada en el diagnóstico - me miraba muy serio- Esto es una preeclampsia severa, y además, con un inicio de síndrome de HELLP. Debe ponerse la segunda inyección para madurar pulmones y el parto se ha de provocar lo antes posible. Es más, mi recomendación, y así lo voy a poner en el informe, es que usted debería estar ingresada. Su estado no es para estar en la calle, usted debería estar en un hospital controlada. Elija donde quiere quedar ingresada, si aquí o en el hospital en el que le han estado siguiendo el embarazo, pero quédese ingresada. Y dígame cuál es su elección.

- ¿Le importa que nos lo pensemos 10 minutos al menos?

Tardamos algo más en tomar una decisión. Hicimos una llamada para pedir consejo a un profesional. No quedaba nadie en la sala de espera. El ginecólogo salió de su consulta y se dirigió a nosotros:

- Yo he hablado con urgencias. La están esperando si finalmente decide quedarse aquí ingresada. ¿Han tomado una decisión?

Y ya no volvimos a casa. Entramos con lo puesto por la puerta de urgencias del hospital X, sabiendo que nuestra niña, nuestra muy pequeña Emilia, kilito y medio, no tardaría demasiado en ver el mundo.




jueves, 1 de marzo de 2018

Tercer trimestre: preeclampsia y game over


He vuelto. Y estas palabras tienen más sentido que nunca, porque si me sigues en alguna de mis redes sociales, sabrás que de esta podía haberla espichado. Y no. Estoy aquí, detrás del ordenador, casi dos meses después de haber publicado mi último post, ese de criar sin tribu en el que daba consejos que no me dio tiempo a aplicar y del que ahora podría hablar con conocimiento de causa.

Tengo muchas cosas que contar, una novela por escribir, mil proyectos por iniciar durante mi baja de maternidad y una criatura que reclama mucha teta desde que se aproxima su fecha de nacimiento, así que haremos lo que podamos... o más bien lo que nos permitan.

¿Qué tal si empezamos por donde lo habíamos dejado? Te recuerdo, en mi embarazo
asintómatico y antiglamur. En el comienzo del tercer trimestre, que como no podía ser de otro modo y continuando con la línea argumental de mi preñamiento, empezó sin molestia alguna, con un pollito on fire por las noches y con único síntoma especial: picor extremo por todo el cuerpo.





Era Navidad. Había ido al endocrino por eso de mi curva larga de la glucosa alterada, y me había prescrito una de esas dietas imposibles de seguir en las que tenía que pesar hasta los tomates sin piel y tomar galletas María y yogures por doquier. Un despropósito, máxime considerando que todas las mediciones del aparatito que tuvieron a bien dejarme en mi centro de salud daban perfectas. Aún así, prescindí de los turrones y de todo lo bueno que se puede comer en esas fechas tan especiales y que no está especialmente recomendado en el embarazo. Y pasó diciembre, sin pena ni gloria, con un año más en mi haber particular y muchas ganas de que llegara el 2018.

Diría que el asunto se empezó a torcer en Nochevieja. Sutilmente. Vamos, que si lo googleabas, todo era normal para el tercer trimestre: cansancio, dificultad para dormir, ahogamiento al subir cuestas, ganancia más rápida de peso, retención de líquidos. Lo único que en mí había aparecido junto y de repente, pero nada grave. Me hacía estar más quejicosa de lo normal.


Viernes, 5 de enero


Mi gine había querido verme a la vuelta de las Fiestas, aunque solo hacía 3 semanas que habíamos tenido una revisión seria con eco detallada incluída, por eso de seguir de cerca la diabetes gestacional y comprobar que no se me hubiera ido la mano con los excesos navideños. El día 5 de enero por la mañana (muy por la mañana, que siempre cogíamos cita a las 7:30 h para interferir lo menos posible con nuestros trabajos) entraba en consulta con los pies y las piernas como morcillas y ganas de soltarle mi rollo a la gine:

- Hola, me voy a desahogar contigo, que no me aguanto ni yo - y le conté lo que me pasaba.

Me sonrió, me dijo unas palabras amables y me tomó la tensión como de costumbre. Ahí le cambió la cara.

- Vamos a hacer una eco.

Cuando ya me había subido al potro: "madre mía, cómo tienes las piernas" y "uy, esto tiene mala pinta: el bebé tiene el diámetro abdominal pequeño. Necesito que te hagas urgente un análisis de sangre, déjalo hecho hoy, y recoje 24h de orina que quiero que me traigas el lunes y las dejes en el laboratorio. Vamos a pedir también una eco doppler, ya llamo yo mejor a la clínica que me darán cita urgente. Cuanto antes, mejor. Vamos a volver a medir la tensión, no vaya a ser que fuera algo puntual".

Parejo y yo nos mirábamos y la mirábamos a ella sin entender muy bien. Ni siquiera acertamos a preguntar cuánto de pequeño era exactamente el diámetro abdominal ni cuánto de disparada estaba la tensión.

- ¿Tenemos que preocuparnos? ¿Pasa algo grave?

- Tienes la tensión alta y el bebé no está creciendo como debiera. Tenemos que descartar preeclampsia.

- ¿Pre... qué?

- Preeclampsia. No quiero adelantaros información, ni que os preocupéis innecesariamente. Vemos el lunes con los análisis de sangre y de orina y la eco doppler. De todos modos, te vas a tomar esto para la tensión (recetita al canto) y quiero que desde hoy te la midas todos los días, si la baja te sube de 95 vente a urgencias. Pésate también todos los días a primera hora de la mañana, desnuda, después de hacer pis y lo apuntas. No hagas grandes esfuerzos, tómate el fin de semana tranquilo. El lunes ya vemos. Pero vamos, en caso de que sea preeclampsia, iros haciendo a la idea de que lo más probable es que haya que inducir y no lleguemos a la semana 37.

Salimos de la consulta. Preocupadillos. Fuimos directamente a hacer los análisis de sangre, donde tuve un momento muy fuerte al encontrarme con
Mamá Jones en la sala de espera (heavy que no veas). Y parejo se fue al curro y yo me quedé en casa, haciendo lo que nunca se debe hacer en estos casos, que es buscar locamente en google, y llamando por teléfono acojonada y llorando a una buena amiga, porque no quería que cuando parejo volviera del trabajo me encontrase en semejante estado catatónico y yo necesitaba soltar por donde fuera, después de haber leído una y mil veces los siguientes enlaces sobre preeclampsia (selecciono los que me aportaron información más relevante):


Parejo me escribió a media mañana: "todo va a ir bien, no te preocupes. Haremos frente a lo que venga". Y ese fue nuestro mantra durante todo el fin de semana, el fin de semana de Reyes. Todo va a ir bien. Acabamos de cumplir la semana 32. Entre que tenemos los resultados y se ve qué ocurre, nos plantamos en la 33. Muy mal se nos tiene que dar para no llegar a la 36. Vamos a mantener la calma.

Pasamos el fin de semana jugando al Carcassonne, lavando y clasificando la ropita de bebé que habíamos comprado, y haciendo pedidos de pañales y otras cosillas de farmacia que no teníamos. En realidad, no teníamos de nada, y a pesar de que parecía que había opciones de que el tema se adelantara, contábamos con disponer de unas semanas más y poder organizarnos.

Lunes, 8 de enero por la mañana

Mi tensión no bajaba con la medicación. Me pesé todas las mañanas como me dijo la gine y la báscula sumó 800 g en tres días. Casi no podía andar de la hinchazón en los pies, me pesaban los párpados. Recogí orina durante 24h, nos encontramos con los vecinos a primera hora de la mañana del lunes cuando salíamos al médico y parejo decidió cogerse el día libre a pesar de que le insistí mil veces que no era necesario, que total, solamente iba a dejar la orina en el laboratorio y a enseñar mis apuntes de tensión y peso.


Mi gine estaba atendiendo un parto, era una mañana ajetreada. Nos coló rápido.


- Déjame ver esas tensiones y pesos - miró mi cuaderno cuqui, torció el semblante- Esto tiene muy mala pinta. ¿Para cuándo te han dicho que están los resultados de orina y sangre?

- El miércoles- contesté- Orina el miércoles y sangre el jueves, por lo visto faltan algunos valores que tardan algo más.


- No podemos esperar tanto. La doppler era esta tarde, ¿verdad? Voy a dar un toque al laboratorio para que se den prisa. Iros a casa que os llamo en cuanto sepa para cuándo están los resultados. Ya os digo que seguramente tenemos que ir pensando en terminar esto.


A parejo, que es de naturaleza optimista, no le gustó nada la última frase. Yo no le di tanta importancia: "tenemos que ir pensando en terminar esto, sí, pero bueno, no ahora".

A las 9h estábamos otra vez en casa, sentados en el sofá abrazados, hablando de nuestros temores. Poco más tarde de las 10h sonó el teléfono: era mi gine. Terminé la conversación llorando.


- De acuerdo, ahora mismo vamos para allá otra vez. Muchas gracias - colgué.


Parejo me miraba.


- ¿Qué te ha dicho?- preguntó. Yo siempre oigo en sus conversaciones al interlocutor que está al otro lado de la línea, él no había escuchado nada.


Le miré, le cogí la mano, no sé, no me acuerdo.


- Está todo mal... ya están los resultados, los han hecho con urgencia, y está todo mal. No terminamos la semana, peque. Hay que madurarle los pulmones al pollito ya, tenemos que volver para poner la primera inyección. No hay tiempo. Están fallando mis riñones y mi hígado.


Nebulosa. A partir de aquí, vida en off. Salimos de casa corriendo, tomamos un taxi, recuerdo que llamé a mi jefe: "liver failure... kidney failure...I will not make it for the handover meeting... I'll be disconnected from today".


Dedos entrelazados. Yo no paraba de llorar, pero es que yo lloro por casi todo. Parejo no, parejo por casi nada. Y de pronto le miré, y le vi llorando. Y eso impresiona.

Ahí es cuando supe que la cosa iba muy en serio. Empezaba el lunes más largo de nuestra vida.


Siempre bromeé con que yo no podía estar teniendo tanta suerte, que con lo ceniza que soy, yo no podía haberme preñado en el primer tratamiento y estar teniendo un embarazo tan bueno. Que el karma me lo iba a pagar con un parto horrible.


Pero nunca imaginé que el karma llegara a ser tan, tan cabrón.




(Continuará...)

martes, 2 de enero de 2018

Sin tribu: organizarse sin familia extensa. Pensando por adelantado

(Este post recoge mis ideas personales como mujer que se enfrenta a la maternidad en pareja, sin familia extensa disponible y contando los dos con trabajo remunerado. Seguro que no refleja otras muchas circunstancias familiares, pero espero que podáis sacar algo de provecho incluso aunque no os identifique)

 
Cuando supe que estaba embarazada se lo comuniqué muy pronto a mi jefe. Antes de lo que me habría gustado: necesité explicar que me estaba sometiendo a un tratamiento FIV para justificar el parón de los viajes y mis citas médicas imposibles de predecir para los controles, punción y transferencia. En cuanto supo la noticia, empezamos a planificar mi ausencia tras el parto, así que igual de pronto nos vimos forzados, parejo y yo, a dilucidar cómo sería nuestra organización para atender al pollito cuando naciera. 








Buscaba información en la red y todos los artículos que encontraba sobre "conciliación" (entrecomillo solo una vez para indicar qué poco me gusta esta palabra y cómo se suele usar) mencionaban la labor insustituible de los abuelos, su papel relevante en la vida de los niños, las ventajas de contar con ellos frente a la guardería infantil. Incluso en libros escritos por prestigiosos pediatras, las abuelas (mujeres, por supuesto) como primera opción de cuidado. Indagaba, leía experiencias personales, y siempre el mismo discurso: los abuelos son un pilar fundamental, un pozo de sabiduría familiar, son los que se suelen encargar de los niños, ayudan incluso económicamente, su intervención en la crianza es primordial y hasta (supongo que en casos muy puntuales y sangrantes) los jueces reconocen sus derechos a visitas y pernoctas en vacaciones. Su retrato también es único: abuelos pacientes y cariñosos, que leen cuentos y juegan con sus nietos, que aportan seguridad y bienestar. 

 
Como anécdota, más de un compañero de trabajo me preguntó si contaba con los abuelos cerca antes de interesarse por los planes de conciliación de mi chico.

 
Ninguno de esos artículos reflejaba mi realidad, ni como nieta que he sido ni como madre en ciernes que soy. No niego que sea una estampa cotidiana en muchos hogares, pero no es la nuestra en absoluto y tampoco la de muchas parejas, mujeres o familias que conozco, que por los motivos que sean, no cuentan apenas o no desean contar con ayuda de parientes para organizar su logística familiar. No estamos solos, aunque no se hable de nosotros ni parece que se nos considere demasiado en el relato oficial. Y por eso he querido escribir este post, porque me parece necesario dar visibilidad a otras realidades comunes, explorar la escala de grises que abarca desde que el que no puede contar con los familiares cercanos porque simplemente no están o el sostén es a la inversa, de padres a abuelos, el que goza de un apoyo puntual en caso de eventualidad grave (como una hospitalización) al que cuenta a diario con abuelos con plenas capacidades y ganas de cuidar a los nietos. 

 
Quizá sea yo quien esté confundida, pero permitidme que dude que todos los abuelos tengan la disponibilidad, la disposición y la capacidad de hacerse cargo de los cuidados que requiere un bebé o un menor. 

 
No, no todos los padres contamos ni contaremos con abuelos que nos traigan los táper a casa o nos laven la ropa del bebé, se ofrezcan para quedarse con los retoños un fin de semana por si nos apetece avivar la llama del amor de pareja o salir al cine un viernes por la tarde, ni nos recojan a los críos de cole y los lleven a clases de música. No, y repito, no somos los únicos que nos planteamos la crianza sin ayuda de la familia extensa. Se me hace necesario decirlo y dejar de parecer invisible, porque quizá si habláramos más alto, nos encontraríamos con personas en situaciones parecidas en las que podamos apoyarnos y tejer redes para contar los unos con los otros.

 
Las razones por las que unos padres se enfrentan a la crianza sin familia extensa son tantas como familias hay. Se me ocurren las siguientes, quizá tu circunstancia sea otra que he olvidado listar o tal vez una mezcla de varias como es mi caso:

 
  • Ausencia: tal vez los abuelos ya no estén, hayan fallecido. O no estuvieron en tu infancia, no ejercieron de padres, no conociste a alguno de ellos. Lo siento. 
  • Lejanía: no solo vivir en el extranjero, sino en distintas Comunidades Autónomas, en ciudades diferentes o en la misma ciudad con mala combinación de transporte.
  • Salud: quizá los abuelos son los que necesitan cuidados o ya están sobrepasados atendiendo a los bisabuelos u otros familiares enfermos.
  • Falta de disposición: hay abuelos que no desean asumir el encargarse de sus nietos a diario. Otros tienen unos planes diferentes para su jubilación. Están en su derecho. 
  • Falta de disponibilidad: aunque quisieran y estuvieran dispuestos y cerca, puede ser que trabajen. También podría darse el caso de que vuestras necesidades de horarios sean complicadas de compaginar con su vida. Quizá ves que están sobrevalorando sus aptitudes y sepas que, en el fondo, cuidar del nieto va a ser una carga demasiado pesada. O que tengas que compartir el cuidado de tu hijo/s con el de otros nietos y al final veas que eso va a causar fricciones, tensiones innecesarias o una organización imposible para el abuelo en cuestión. 
  • Disparidad de criterios: tal vez no compartas los mismos valores que tus padres. O no confíes en ellos. O vuestra forma de entender la crianza sea muy diferente en puntos clave. O tu hijo tenga unas necesidades especiales que los abuelos son incapaces de atender. 
  • Mala relación: si tu relación con tus padres es distante, normal que no te plantees involucrarles demasiado en la crianza de tus hijos. 

 
Mi experiencia en el embarazo

 
He vivido el embarazo con la ausencia de mi madre, que murió cuando tenía 18 años. En el segundo trimestre, hubo unos días en los que pensé mucho sobre cómo serían las cosas si ella estuviera aquí: echaba de menos a una madre, a una mujer que se preocupara por mí como hija, me entristecía pensar que no puedo averiguar apenas nada sobre el tramo de mi infancia que no recuerdo, ni nadie va a defender mi parecido con el bebé, porque esa línea de la estirpe está rota, empieza en mí. 

 
Ojalá no hubiera sido así, pero no está en mi mano cambiarlo. Tengo que mirar para adelante y crear mi historia y mis tradiciones, ser raíces y alas y todo, el inicio de la historia soy yo.

 
Por lo demás, ya sabes que he tenido la fortuna de un embarazo tranquilo en el que no me he sentido ni vulnerable ni insegura, ni he buscado el consejo de los demás, porque me apetece descubrir lo que está por venir y porque tengo la certeza de que, mejor o peor, con mis aciertos y errores, voy a ser capaz de criar y atender a mi pollito. Y habla alguien que nunca ha sostenido un recién nacido en brazos, ha cambiado un pañal o ha empujado un carro. Esta es nuestra aventura y nuestro camino, es a nosotros a quien nos corresponde sorprendernos y recorrerlo. 

 
Para la organización de las compras del bebé (lo menciono porque por lo que leo parece relativamente habitual contar con ayuda y participación familiar también en este tema) la verdad es que nosotros hemos intentado simplificar mucho y no volvernos locos. Como padres primerizos y sin nadie de quien podamos heredar o aprovechar, e igualmente y siendo realistas, sin esperar regalos ni contribuciones, hemos hecho una una lista de lo que consideramos imprescindible para el primer mes (que es más bien poco, ya te lo advierto) y comenzaremos a hacernos con ello ahora en rebajas. Al final, la ropa creemos que ya casi nos sobra con lo que hemos ido comprando en distintas ofertas durante el embarazo, confirmaremos cuando nos pongamos a lavar y clasificar. El resto, tanto de prendas como de objetos que muchas personas tienen desde el principio (sí, me refiero a cosas que generalmente se consideran tan básicas como chupetes, biberones, sacaleches, carro de paseo, cuna, trona, manta de juegos, hamaca...) lo iremos comprando (o no) a medida que el peque lo vaya necesitando, nos vayamos conociendo y podamos concretar qué es realmente necesario. 

 
 
Cómo hemos pensado organizarnos para el parto y postparto

 
En cuanto al parto, tenemos claro que queremos estar solos parejo y yo, y que nuestra prioridad es darnos tiempo para recibir a pollito. Por eso hemos buscado un hospital y un equipo con unos protocolos en línea con este deseo, en el que podremos hacer un piel con piel largo y sin interrupciones si no surge ninguna complicación. No sé cómo nos sentiremos, ni cuánto de cansada estaré, si nos apetecerá o no compartir rápido nuestra experiencia o reposarla, pero vamos a respetar nuestros sentimientos y permitirnos ser nuestra prioridad. Los protagonistas de los primeros momentos con pollito seremos nosotros tres y nos pondremos por delante de las convenciones sociales y los deseos ajenos.

 
Soy consciente de que el postparto puede ser una bofetada en toda la cara con la mano abierta. Anticipando que habrá muchas cosas que no hayamos previsto, esto es lo que estamos haciendo o hemos pensado hacer, y los consejos que me atrevo a dar:

 
  • Hablar mucho antes entre nosotros sobre lo que puede ocurrir, cómo nos podemos sentir y cómo nos podemos apoyar
  • A veces las personas de más cercanía emocional, no son las de parentesco más estrecho. No tengas vergüenza si es cómo te sientes. También es normal que quizá para un tema concreto estés más cómoda con ciertas personas que no son precisamente cercanas. Compártelo, ve diciéndoselo: "temo el posparto, quizá me sienta sola y desbordada. Contar con mi familia cercana no es posible, quiero que sepas que tal vez te llame y te pida ayuda y agradecería mucho que estuvieras ahí, porque creo que eres alguien que me puede aportar de este modo". No hay nada malo en pedir lo que necesitas. Hazlo.
  • Cocinar: ya tengo una alarma en el móvil programada para la semana 36. Vamos a cocinar y congelar todo lo que podamos las últimas semanas para no tener que preocuparnos por eso. Si no podéis hacer raciones de más, dedicar tiempo a los fogones o el parto de adelanta, y vivís en un sitio con oferta hostelera, ten a mano los teléfonos de los restaurantes que sirven comida a domicilio o que tienen menús caseros saludables y económicos para llevar. No cuentes con que nadie tenga la genial idea de cocinar para ti, mejor intentar ser lo más autónomos posible si lo organizáis con antelación. 
  • Contratar ayuda: si te lo puedes permitir, unas horas a la semana de limpieza son milagrosas. Valorad el coste económico y el emocional y tomad una decisión: quizá ese dinero sea una buena inversión durante una temporada para sentir que está todo bajo control. Te digo lo mismo que con la comida, por si acaso no contéis con manos altruistas dispuestas a haceros la colada o pasar la aspiradora. 
  • Buscar grupos de apoyo o actividades sencillas que quieres hacer: por ejemplo, yo temo verme muy sola cuando parejo se incorpore al trabajo después de su baja. Sé que escasearán las visitas y las ayudas, e imagino que 10 horas sola en casa con un bebé pueden ser complicadas. Por eso ya he localizado el grupo de lactancia de mi barrio, el grupo de gimnasia postparto que suelen hacer en el hospital en que pariré, estoy atenta a las actividades compatibles con un bebé pequeño que se anuncian en los centros culturales, de salud o biblioteca municipal, y haré una lista de paseos y actividades sencillas que veo factible hacer con un bebé en primavera en Madrid. A lo mejor no hago nada de lo que voy viendo, pero me tranquiliza conocer las opciones de antemano y saber que tengo a quién recurrir si la soledad acucia. 

 
¿Y después, qué pasará cuándo me incorpore al trabajo?

 
Creo que en todas las parejas hay que hablar mucho y considerar muy bien cómo nos queremos organizar cuando las obligaciones laborales llamen de nuevo a la puerta. Si sabes que no vas a contar con ayuda gratuita externa, todavía tienes que tenerlo todo mejor atado. Las opciones son vuestras y se tienen que adaptar a vuestras circunstancias lo mejor posible: desde abandonar el trabajo (o que te lo hagan abandonar, que no siempre se decide), reducciones de jornada, excedencias, guarderías, cuidadores en casa, madres de día, combinaciones de los anteriores...

 
Nosotros aquí aún no lo tenemos todo 100% claro, preferimos esperar a conocer a pollito y ver cómo nos sentimos. Lo único casi seguro es que entre baja, vacaciones y una corta excedencia, espero poder estar un mínimo de casi 7 meses con el peque. Después, está aún por ver cuál será nuestra opción de organización, partiendo de 3 premisas no negociables para nosotros:


  • Somos un equipo. Entendemos que a los dos nos corresponde aportar financieramente al hogar y ocuparnos de su cuidado y del cuidado de sus miembros en la medida de nuestras circunstancias, pero sin usarlas como escudo o excusa para eludir nuestras responsabilidades. Tenemos que remar a una. Si alguno renunciara a su trabajo temporalmente para dedicar más tiempo a la parcela de cuidados, no puede verse desprotegido económicamente y habrá que buscar fórmulas para reducir su vulnerabilidad: seguros de vida, planes de pensiones privados... son parte del coste de esta opción y han de tenerse en consideración, así como un plan a medio plazo de reincorporación o búsqueda de nuevos horizontes profesionales. A los dos nos hace felices a día de hoy la idea de tener una actividad remunerada y compartir la crianza, es como nos sentimos cómodos en el medio y largo plazo.
  • Las decisiones se consensúan y son revisables. Cada poco tiempo tocará hablar de nuestras necesidades y deseos y ver la forma de encajarlos con nuestras responsabilidades y la realidad en la que vivimos. Por ejemplo, si optamos por continuar ambos trabajando a jornada completa, pero más adelante uno se siente sobrecargado porque la presión en el trabajo aumenta, prometemos escucharnos, intentar buscar soluciones viables que nos hagan relativamente felices a todos y ser flexibles para adaptar nuestros planes iniciales. 
  • Al menos tenemos que tener un cuidador de confianza para casos puntuales y que pueda cubrirnos en los imprevistos. Sin nadie que pueda salir a nuestro rescate ante una urgencia, sería muy incauto pensar que nunca nos hará falta un cable. Cuanto antes lo encontremos y podamos irnos conociendo, mejor. Ya el uso que podamos/queramos hacer del cuidador dependerá de nuestros acuerdos y necesidades y, sí, del dinero que podamos emplear para externalizar esta labor. Quizá tengamos suerte y algún miércoles pueda quedarse con el peque para que podamos ir al cine, o esos serán lujos asiáticos y mejor concentrarnos en que el cuidador pueda estar disponible cuando me toque viajar por trabajo y parejo tenga que seguir pegándose madrugones para estar a tiempo en el suyo.



 
¿Y vosotros? ¿Cómo os apañáis sin tribu? ¿Qué os preocupaba cuando pensábais en conciliar y cómo fue la realidad que os encontrasteis?

lunes, 27 de noviembre de 2017

Por qué siento que hablar sobre infertilidad no ha servido de nada

Ando mari intensita, intentando filtrar y centrarme en lo que importa. Habrá quien salte enseguida con el manido "eso son las hormonas", que por cierto, hala, ya lo suelto, me toca bastante la moral porque que yo sepa no he perdido ni el juicio ni el discernimiento, solo estoy preñada. Que sí, habrá mujeres que lo acusen especialmente y habrá las que no, pero en ninguno de los dos casos me he vuelto en de repente una lerder total. No más que antes, me refiero.

El asunto es que desde hace unas semanas, a raíz de un par de comentarios tremendamente desafortunados de dos personas que conocen los pormenores de mi tratamiento de fertilidad, me llevo preguntando para qué me ha servido contar que estábamos teniendo problemas para conseguir un embarazo y/o contar que pollito es fruto de una FIV.




Y la conclusión es: en general, absolutamente para nada. Como mucho, para desahogo propio en alguna conversación que se estaba yendo de madre.

Nunca he ocultado mis problemas si la persona que tenía en frente metía el dedo en la llaga, por desconocimiento o mala leche. Que hay mucho de los dos. Algunas veces he necesitado desahogarme o he tenido un día horribilis, y proactivamente he decidido explicar que no estaba pasando una buena racha y los motivos. Ahora que estoy embarazada, con bastante naturalidad, lo vamos comentando si surge la ocasión. Con la idea de concienciar un poco o por si alguien al otro lado está en una situación jodida y puedo ayudar en algo.

¿Ha cambiado algo en mi entorno? Rotundamente no. Los que hacían comentarios desafortunados o ignoraron totalmente nuestra historia, lo siguen haciendo: hablan de hermanitos (aquí se me corta hasta la respiración del susto), relajaciones, "nunca se sabe", "eres joven", "es que ahora lo queréis tener todo y queréis los hijos muy tarde", adopciones, "pues yo conozco a alguien que..." y demases. Creo que unas clases de estadística básica sufragadas por el gobierno a modo de refresco a la población no estarían mal.  

O lo peor, también te puede tocar el experto en frivolidades relacionadas con los procesos de reproducción asistida, y sin filtro, se explaye contigo con temas como la elección de sexo o de fecha para someterse al tratamiento en función de cuándo quieres parir. Esto ya no sé ni cómo clasificarlo, porque si vamos a sacar estudios sociológicos viendo telecinco en prime time, pues vale. Los hay que ignoran completamente que un tratamiento es un chute hormonal serio, muchas noches previas de angustia, una anestesia general de por medio y una desanestesia emocional que se inicia en el mismo momento en el que descubres que eso que les pasa a los demás, a ti no. Que los resultados a la primera son los menos y que sí, la hay, hay quien abandona la carrera porque ya no le queda salud, o fuerzas, o dinero o ninguna de las tres.

Ah, y no falta quien hace bromas de mal gusto sobre otros delante de ti: "se le va a pasar el arroz", "es que no vale para tener hijos", "a ver si es que van a necesitar una ayuda, jurjurjur"... o sin pudor ninguno menosprecian a las parejas sin hijos, que te dejan pensando de qué irá exactamente la conversación cuando abandones la mesa, si hay huevos a pirarte, claro. O los que directamente se frotan con fruición por el arco del triunfo tus tres años largos de búsqueda y sufrimiento, tocar fondo y levantarte una vez y otra y otra como podías; ellos pretenden borrarlos de un plumazo y ahora te consideran parte de una especie de club honorable de rango superior, porque ahora sí, ahora sí que vas a ser madre. Lo de antes no era nada.

Por suerte, aquellos que ya eran comprensivos y respetuosos previamente, lo siguen siendo ahora. Los que no sabían nada previamente, pero eran comprensivos y respetuosos en general, lo han sido ahora. Se agradece mogollón.

Y chimpún. La verdad es que no sé qué esperaba.

Así que si volviera back in time y pudiera darle un consejo a la pipiola que era yo con 29 años sobre esto de la infertilidad, le diría que como con cualquier tema espinoso de los que hacen pupa en el alma, tuviera mucho cuidado de a quién dice qué y seleccionara muy bien sus apoyos e intentara contenerse y disimular para con el resto. Que no actuara de forma tan inocente ni se expusiera innecesariamente, que se protegiera, que no buscara comprensión en quien no pudiera dársela y que procurara rebajar sus expectativas y cultivar el perdón, que los malos ratos se los va a pasar ella y no merecen la pena.

La vida era esto de aprender a toro pasado o ser reincidente, y yo voy repartiendo fifty-fifty.









martes, 21 de noviembre de 2017

Oda al segundo trimestre o de cómo supongo que lo peor está aún por venir

No he tenido que hacer nada especial para plantarme al final del segundo trimestre. Esto del preñamiento es lo más, mi cuerpo gesta haga lo que haga o piense lo que piense. La bomba. 

Después de tres años y medio de búsqueda, un diágnostico feo y un éxito inesperado en nuestra primera FIV (me gusta repetir estos tiempos porque para mí son relevantes, aunque el resto del mundo les quite importancia y se siga incomodando si desvelo el origen del abultamiento en mi barriga... lo de contar la infertilidad y que no cambie nada ya os lo explico otro rato), pensaba que viviría el embarazo de forma diferente. Que me encantaría comprarme o leer mil libros sobre síntomas y sentimientos, que haría todas las cosas que se suponen que se tienen que hacer para disfrutar del preñamiento, concepto este de disfrutar el embarazo que, por cierto, no acabo de entender muy bien. Pues de momento, rien de rien: ni eco chorromil D, ni pilates para preñatis, ni camisetas de rayas, ni sesión de fotos prepadres. Y es que me ha tocado el papel de la amiga tocapelotas, a la que nunca le pasa nada, la que apenas tiene noticias que dar, la que no está teniendo mil dudas, la que no se identifica con ninguna tira cómica, con ninguna lista de síntomas usuales, con ningún vaivén hormonal. Ahora me toca jugar el papel de loca, para variar. 

Coñoya, siempre a contracorriente. 



Y es que en líneas generales, lo vivo todo normal, no noto nada reseñablemente distinto al margen de lo que se cuece en mi barriga. Repito, mi vida es normal. Excepto por lo de que me cedan el asiento en el metro. 

Pero como tenemos que rellenar hueco y, pensándolo bien, tambien me han pasado algunas cosillas y el segundo trimestre termina con una sensación un poco agridulce, os cuento mis síntomas rarunos, mis avances y mis sorpresas de esta etapa, que para algo tengo un blog de sin interés.

1. Síntomas

Mmmmm, el más destacado, el hambre. Sobre todo al principio del segundo trimestre. Ahora ya está controlado, gensanta, menos mal, porque era la leche, un hambre acuciante, de "dónde esta mi comida, caguentó" brutal, de I want it all and I want it now incontrolable. Mi mayor preocupación era lo que había en la nevera, dónde íbamos a tomar algo si salíamos a pasear o a qué hora exacta me iba a dar el siguiente homenaje. No había conocido antes un hambre tan voraz y tan frecuente. Ojocuidao, intento comer muy sano, en casa casi no entran procesados, mucho fresco, mucha fruta y verdura, pescado, dulces y repostería siempre caseros (menos las tartas del Mur, ok, ahí me habéis pillado) y cuando me toca comer fuera, me controlo e intento escoger bien.

Desde la semana 18-19 son evidentes los movimientos del pollito. El día de la eco de las 20 fue el primero en que lo noté desde fuera. Por cierto, en la eco todo estupendo.

Ahora bien, superpoderes, ninguno. En serio, ¿dónde está el pelo maravilloso, la piel resplandeciente, el olfato hiperdesarrollado, el halo de misticismo y carisma que acompaña a cualquier preñada que se precie? ¿Dónde? Que me pase (o me venda, pago por ello) alguna si les sobran, porque aquí no ha llegado ni gota. Lo dicho, todo inusitadamente normal. 

Same story con las hormonas. ¿Cambios de humor repentinos? ¿Ein? De eso tampoco ni pizca, insisto, no he estado más estable, cuerda y menos sensiblona en mi vida. Drama tiende a cero. Que hay drama, no nos engañemos, pero mínimo, con lo que yo he sido, por dior. Estuve tristona unos días en octubre porque echaba de menos a mi madre (falleció hace 14 años y ya ves, me dio por pensar que me gustaría que estuviera aquí y que me cuidara un poco y me hiciera sentir arropada y que me viera embarazada y hasta que conociera a nuestro peque, pero no considero que esto sea fruto del embarazo, me parece un pensamiento de lo más habitual dadas las circunstancias) y porque caí en la cuenta de que no he cambiado un pañal en mi vida y no sé diferenciar un pelele de un pijama, con el riego que esto entraña, y me agobié un poco pensando que cómo iba yo a cuidar a pollito. Estas cosas se me pasan cuando miro a mi alrededor y pienso que a toda esa gente también la han gestado y parido y están aquí vivos y coleando. 
Bueno, reconozco que las dudas sobre mi capacidad maternal también están relacionados con la falta de apoyo familiar, pero esto ya os lo cuento otro rato, como lo de la infertilidad; vamos, que hoy no voy a tocar lo de criar en pareja sin tribu y conciliar y tal, que este post es de los alegres hasta casi el final.

Hey, no, que lo he meditado bien, tengo un superpoder, lo olvidaba, ¡yupi!: me sangra la nariz. Sí, sí, en el segundo trimestre me ha sangrado varias veces la nariz. La tensión está bien. Parece ser que no hay que preocuparse y que les ocurre a otras peñatis antiglamurosas como yo. 

Escatologías varias que se leen por ahí y asustan: todo como siempre, sin diferencias con respecto a antes. Sueño, genial, duermo como un lirón. Ardores, un par de días contados. 

2. Avances

Como os contaba, el pollito se mueve mucho y parejo lo notó por primera vez pocos días después de la eco de las 20. Por las noches sobre todo le va la marcha. Confío, ilusa, que le cambie el patrón cuando vea la luz del mundo. La tripa ya baila desde fuera y mola; de hecho me fijé porque una amiga me comentó que su compi de curro le había dicho que a ella ya le bailaba y estaba de menos semanas que yo, y me dio pelusa y me puse a observarlo. Este es el nivel, señores, este. Aunque me cuesta pillar al pollito en acción, se para en cuanto se siente observado y me hace quedar refatal. Pues empezamos bien.

Ya me empiezo a acostumbrar a medir el tiempo en semanas, bien por mí, y mantengo firmes mis dudas acerca de la frontera entre trimestres. En la búsqueda la vida pasaba en ciclos de 28 días y ahora son de 7. Es todo un complot para liarnos y hacernos parecer más lerder a las preñatis.

No sé cuánto peso, ni cuánto pesaba antes del embarazo. La matrona sustituta de mi matrona en la seguridad social (parece un acertijo, segundo capítulo de mi serie de catastróficas desdichas con la seguridad social) se enfadó por este tema y casi que me trató de desgraciada inconsciente con palabras mucho más bonicas y música celestial de fondo. Para colmo luego la tía no me pesó y yo me quedé con cara de WTF, para qué me das entonces esta charla. Mi báscula es una ful, creo que llevo entre 5 y 7 kilos, dependiendo de lo que considere como peso antes del embarazo, la ropa que me haya puesto y lo que le dé por ahí marcar a mi aparatejo del demonio. 

Seguimos sin saber el sexo de la criatura. No podemos dar la mayor noticia del segundo trimestre y tampoco ha aparecido una curiosidad extrema. Sigo pensando que es un niño y parejo sigue diciendo que niña. Haremos porra con todo el que quiera apuntarse antes del parto y los ganadores se llevarán un premio mondongo, prometido.

Hemos hecho algunas compras y tenemos: 2 bodies de manga larga y 3 de manga corta para más adelante (o no si el peque viene grande como lo fueron su madre y su padre, y entonces tenemos un pifostio porque los bodies que le valdrán serán de manga corta y eso no es práctico ni térmico para los últimos coletazos del invierno), un pijama, una toalla para el baño, muselinas (qué bien me suena esta palabra, la voy a usar para todo), cosas de aseo, un peluche de Koala Casimiro, un sonajero de pollito Evaristo (le ponemos nombre a todo quisqui en esta casa), unos barcos de juguete para el baño y 3 cuentos. Ya. Miento, y una cama japonesa para dormir todos arrebujados y a lo loco en el suelo. Ahora sí, ya. Este pollito mío tiene pinta de que va a pasar frío. Pero estoy tranquila porque hemos hecho una lista con todo lo que creemos que necesitamos y eso despeja mentalmente. Olé mis ovarios again, me quedo tranquila con nada.

También tenemos los nombres: uno de niña y uno de niño. Esto es bien y útil por lo de no conocer el sexo y por habernos puesto de acuerdo como por generación espontánea. Son nombres comunes pero poco usuales, vamos, que no hace falta deletrearlos ni nada, aunque no suelen gustar y requieren un poco de pensamiento, como digo yo. Qué le voy a hacer si sobre todo para niño me gustan los nombres de santo de toda la vida y para niña los que quedan bien con un doña delante. No hemos hecho lista conjunta siquiera, yo sí tenía una que recopilé en verano al sol de la playita tan ricamente, parejo no y tampoco hemos revisado juntos la mía. Simplemente, dos nombres se han ido destacando, se han impuesto al resto, los hemos escogido y ya está. Esos serán hasta que se diga lo contrario.

La semana que viene empezamos las clases de preparación al parto. ¿Tan pronto? Sí, qué pánico, con las Navidades de por medio el siguiente turno era demasiado tarde. Si todo va según lo previsto, pariré en un hospital privado y las clases que organizan ellos son solo tres, bastante diferentes por cierto a las de la seguridad social dicen. 


3. Sorpresas

El test O´Sullivan me salió alterado y he tenido que ir a la curva larga. El líquido a tragar es un poquito más asqueroso al ser más concentrado, pero para mí fácilmente soportable. Escribo el post mientras espero la última extracción. Molo mil. Los resultados estarán a finales de esta semana.

la definitiva en la frente. Jijijiji, jajajaja, se me nota mucho la barriga. Fue a principios del segundo trimestre cuando me cedieron el asiento en el bus por primera vez y cuando el charcutero me preguntó si estaba en estado de buena esperanza o si había tenido una mala digestión. Jijijji, jajaja, mi ombligo ha ido cogiendo formitas desde el principio, qué mono, ahora así, ahora asao. Jijijijij, jajajajaja, como me encuentro bien, he seguido haciendo yoga adaptando algunas posturas y no he cuidado demasiado mi espalda porque ya tengo todas las "osis" habidas y por haber: cifosis, hiperlordosis, escoliosis y esmorriosis (aquí mi pequeño homenaje a un amigo enfermo de esmorriosis). Jijijiji, jajaja, qué gracia, oye que parece que tengo un alien cuando me levanto del sofá o hago cualquier esfuerzo abdominal, hay que ver qué cosas más raras pasan en el preñamiento. 

Cada cuerpo es un mundo y chimpún.

Bueno, pues ayer ya se acabó el jijijji, jajajaja de momento. Fui a la gine y cuando estaba levantándome de la camilla, se sorprendió al ver la forma triangular de mi barriga y me dijo: "Uy, uy, uy, vaya diástasis del recto que tienes". Mi gine, que es el anti alarmismo. Con cara de no entender nada, porque no entendía nada, y pensando en cómo leñe podía saber ella que algo malo estaba pasando con mi culo si estaba bien cubierta de cintura para abajo, le pedí explicaciones: efectivamente, no se refería a ese recto, sino a los abdominales rectos. Me explicó que estaban completamente separados, que en la parte central de la barriga no tengo soporte muscular. Como seguía sin entender muy bien y estaba flipando, insistí en ser informada de la gravedad del asunto. Me dijo que complicaría bastante la recuperación postparto y poco más.

Pero, ay, luego, ay, me puse en el camino de vuelta a buscar en internet: "diastasis recti" o "diástasis de los abdominales rectos". No lo hagáis en vuestras casas. Me dieron muchas, muchas ganas de llorar. Me sentí fatal y miserable: porque mis abdominales se han roto por la mitad, porque me veo con riesgos de salud en los que jamás había pensado, porque nunca había oído hablar del asunto, porque creo que he hecho cosas en el embarazo que han empeorado el problema, porque me di de bruces con la posible realidad de un postparto jodidillo y con quedarme con una barriga fea y colgandera para los restos. Prometo que no soy muy obsesa de mi imagen y sé que es la tontería más grande de lo que puede pasar en un embarazo y postparto, no quiero ser superficial, pero reconozco que me preocupa, me preocupa perder completamente el tono del abdomen y mantener una barriga de embarazada de 4 meses o totalmente deformada para siempre. Y más me preocupan el resto de consecuencias posibles, que prefiero no contar para no asustar a los lectores.

Y lo que más, lo que más de jode de todo es que ayer me acariciaba la barriga y no podía evitar pensar en que me estoy abriendo en dos por dentro en vez de pensar en lo majo que es mi pollito. Me sentía refatal por ello.

Así que, manos a la obra, mañana mismo voy a una fisio especializada en embarazo y suelo pélvico a que me evalúe, veamos qué podemos hacer para evitar que la distensión vaya a más (aunque me temo que ya es enorme) y empecemos a ejercitar correctamente otras zonas que se pueden ver afectadas por este problema para pasar lo mejor posible el último tramo del embarazo y prepararnos para parir. Ya os contaré.




Preveo que el tercer trimestre será durito. No podía ser que el karma me estuviera tratando tan bien.