martes, 28 de abril de 2015

Lo que puedes esperar cuando empiezas a buscar piso en la gran ciudad

La primera conversación que tuvimos el parejo y yo sobre abandonar el chiquipueblo y mudarnos a la gran ciudad fue en los comienzos del año 2014. Empezábamos a estar un poco cansados del afilador y el chatarrero jodiéndonos a grito pelao las mañanas de los sábados.

Para la toma de decisiones, la dinámica entre nosotros suele ser siempre la misma: el parejo propone, yo me enroco en el no y me cabreo por sus ideas peregrinas (rollo: "pero, vamos a ver si pensamos un poquito, alma de cántaro, ¿cómo coño vamos a irnos nosotros a la gran ciudad, con lo tranquilos que estamos aquí (y tanto, como que no hay nada que hacer)?"), y termino consultándolo con la almohada, pensándomelo mejor y, a veces y todo, consigo tímidamente empezar a vencer mi miedo al cambio (por si no os habíais pispado, la anterior respuesta es claramente un arma de defensa porque se amenaza mi estabilidad vital) y ya retomo la conversación, justo cuando el parejo empezaba a estar un poco hasta los cojones (rollo: "oye, guapetón, ¿te acuerdas de eso que me comentaste el otro día de pirarnos a la gran ciudad? Pues yo creo que igual no es tan mala idea, ¿por cuánto exactamente dices que podría salir un alquiler decentillo?").




Gensanta, escribo esto y me doy cuenta de la paciencia infinita del parejo. Gracias, chato, eres un sol.

Una vez superada esta primera fase infernal en la que mi naturaleza cagueta me hace oponerme a cualquier iniciativa, me lanzo a la acción. Soy así, de extremos, me mola más. Así que, ¡hala, al lío!, nos estudiamos los portales inmobiliarios y nos agenciamos visitas todas las tardes para ver pisitos de alquiler en la gran ciudad, esperando encontrar nuestro próximo nidito de amor pronto y mudarnos asap.

¡Ay, insensatos de extrarradio! Meeeeeeeec, primer error: señores, no darán crédito, pero sí, en el centro de la gran ciudad las terrazas son caras. Carísimas. Carísimas de pelotas. Y ya empezamos con el "hay que joderse, a ver qué hacemos con el macetohuerto neorural, que no sé yo si estoy dispuesta a renunciar a los 2 tomates que recogemos en la temporada por mudarme a la gran ciudad". 

La segunda en la frente: señores, esto es inaudito, pero sí, los garajes en el centro de la gran ciudad son caros. Carísimos. Carísimos de pelotas. Se repite la historia: "pero qué me estás contando, ¿qué vamos a hacer con el tanque que tenemos por coche, dónde metemos semejante bicho en estas callejas?"

Y la tercera para rematar: señores, se lo prometo, los estándares de modernidad no son los mismos en el extrarradio que en el centro de la gran ciudad. El concepto de cocina moderna cambia, y el de habitación amplia también. Claro, el parejo y yo nos mirábamos anonadados y comentábamos las visitas a lo sobrado total: "¿has visto esa cocina de los 60? Uf, uf, yo no me meto ahí ni loca, de verdad, qué horterada, sin isla ni península ni nada, así no se puede vivir". Joder, como si nuestra cocina del chiquipueblo fuera la de la Preysler. 

Tócate el higo, si es que además de hipster, somos gilipollas integrales. 

Como era de esperar, nos desanimamos enseguida. Optamos por pasar el verano de 2014 en el chiquipueblo, con la esperanza de que el buen tiempo sacara a la peña del Mercadona y nosotros pudiéramos aprovechar la barbacoa de la terraza, y retomar la búsqueda de piso en la gran ciudad en otoño.

Así lo hicimos, y volvimos a escarbar a fondo en los portales inmobiliarios en septiembre, esta vez con la mente clara: hermosos, el cambio del chiquipueblo a la gran ciudad exige renuncias. O eres un hipster forrao, o en la gran ciudad tener un piso amplio, con dos terrazas, dos plazas de garaje y reformado decentemente, mejor lo dejas para la carta a los Reyes Magos. Que total, siempre te acaban trayendo calcetines, y como los conoces, no te llevas chasco ninguno.



No hay comentarios:

Publicar un comentario