domingo, 18 de junio de 2017

Ojalá

Yo antes me pintaba las uñas. 

Ahora ya no. Ningún color me viene bien. 

Ojalá hubieras llegado cuando las tardes eran largas y yo soñaba y me agobiaba por tonterías. Vivíamos en un pueblo pequeño, en una casa con dos plazas de garaje y una terraza grande en la que pegaba bien el sol, con orientación oeste, para ver atardecer. Salíamos a pasear al campo, alguna vez intenté correr. Íbamos a ver a los caballos y hablábamos mucho de ti. Teníamos un dormitorio con una cama, pintado de verde, y un despacho en el que las orquídeas siempre echaban flores. En el salón había una estantería llena de cuentos. 



Los primos aún eran canijos y empalagosos, me llamaban "tialauri" todo junto. No me dolía no tener raíces. Estudiaba por gusto y se me daba muy, muy bien. Pensábamos en ahorrar para permitirnos ciertas cosas cuando estuvieras aquí. Discutíamos por dónde pasar las fiestas de Navidad. Me encantaba ir a ver tiendas de juguetes de madera. Vivía con intensidad los primeros embarazos del grupo de amigos, lloraba cuando llegaba a casa y le daba la turra a parejo, pero también me hacía ilusión saber y pensaba que pronto tú también serías. 

Una tarde me puse muy triste y le escribí a parejo un email. Le dije que me perdonara, que es que quería mucho que te acurrucaras entre nosotros en el sofá. Y que me aterraba la idea de que no pudiéramos tenerte. Creía que era una de las peores noticias que podían darme, porque cuando era chiquitita a veces contaba hasta cinco y pensaba "si no me da tiempo a doblar los calcetines antes de terminar de contar, es que no voy a tener hijos". Y no siempre era tan hábil. 

Cinco meses después nos dijeron que seguramente no vendrías a menos que pasáramos por complicados tratamientos. Nos acabábamos de mudar a un barrio céntrico, ya no teníamos ni terraza ni siquiera sofá, y nunca saqué los cuentos de su caja. Me despertaba llorando casi todas las mañanas. Me miraba en el espejo y me ponía a llorar. Así un año entero. 

Ahora voy mucho al cine, si puedo, cada miércoles. Nos tocaban todos los sorteos y nos pasábamos la vida en el Lara. Salimos a menudo a tomar un vermú o a cenar japonés. Hemos puesto Netflix, vemos series antiguas y cojo películas de la biblioteca. Dejé de estudiar. Tengo un trabajo con más responsabilidad y en el que viajo más lejos, que me llena regular y me absorbe demasiado. Probé con el teatro, pero me removía por dentro y no pude. Los viernes por la tarde son para mí: voy a yoga y a última hora hago un dulce casero. Estoy volviendo a leer de noche en la cama. Hay días en los que improvisamos y salimos temprano de casa y nos dan las mil por ahí. Aún vienen algunos amigos a jugar juegos de mesa y pedimos pizza y nos reímos. 

He reconstruido una vida sin ti. Temo que no quieras venir porque pienses que no encajas. Ya ves, todo por contar demasiado rápido de niña. 

Ojalá hubieras llegado cuando aún me pintaba las uñas.






martes, 30 de mayo de 2017

¡Ahoi! O cómo navegar con cierto glamour y mínimo presupuesto


Este último año ha estado lleno de revelaciones y hallazgos. Algunos han sido una puñetera mierda y luego está el maravilloso hecho de he descubierto que yo he nacido para practicar dos deportes: el esquí y la navegación. 

Olé mis cojones mañaneros, con perdón. 

Del extrarradio a la élite social, ascensión meteórica. Conste que siempre tuve la sospecha de que yo no era tonta, sino pobre. 

Y como parejo se entere de que a lo que hago yo en el barco- que no es otra cosa que leer al sol y sacar aceitunas- le llamo deporte, vamos a provocar una discusión.




Esquiar parece que es un deporte muy practicado y, en cambio, hasta enero no lo había probado nunca. Y al cuarto y último día de práctica ya era el terror de las pistas verdes. Ahora bien, cuando parejo y yo contamos que nuestro plan de vacaciones es irnos a navegar, la gente suele mirarnos con cara de "¿pero que me estás contando, Mari?". 

No lo dudes, si en los guateques te vienes arriba con el "yo no soy marinero, soy capitán, soy capitáaaaaaan", si te sientes un lobo de mar aunque tus piernas siempre pisen asfalto y mires con respeto a las barcas del Retiro, o si sueñas en secreto con irte a recorrer el Pacífico Sur y dejarlo todo atrás en un arrebato, este post te interesa profundamente. 



Empezando por el principio: ¿qué necesitas para navegar?

Pues lo básico, una licencia y un barco. Desafortunadamente, la cosa está muy seria y no vas a poder llevar un barco sin licencia. Para embarcaciones de recreo hay de varios tipos, que tienes que ir pasando como en un videojuego, nivel a nivel, en función del tamaño del barco que quieras llevar y la distancia que puedas alejarte de la costa.

Obtener esta licencia supone pasar unos exámenes teóricos y hacer unas prácticas. Si además de embarcaciones de motor quieres llevar un barco a vela (que mola muchísimo más en mi opinión), tendrás que habilitarte para ello pasando unas pruebas extra. Una vez que hayas aprobado el examen teórico y hayas hecho las correspondientes prácticas, te van a dar un carné muy chulo que podrás lucir con orgullo. También sabrás un montón de vocabulario infernal muy útil tanto para la navegación en sí misma como para lucirte escribiendo poesía. Todo son ventajas. 

Precio de la licencia: lo que te cuesten los derechos de examen si vas por libre (unos 70 euros si no me falla la memoria) y el precio de las prácticas, que ronda los 400 euros. En total, calcula unos 500 euros para incluir el coste de los libros que puedes conseguir de segunda mano y que necesitarás para empollarte el temario. 
Más barato que el carné de conducir y mucho menos amortizable, todo sea dicho, pero que te quiten lo bailao, a ver quién es capitán. 
No puedo decirte lo que cuesta si decides ir a academia, porque parejo se sacó las tres licencias que tiene por libre y ahora su nivel es "puedo coger un barco tan grande como yo quiera, cruzarme el Atlántico y decirte nuestra posición mirando las estrellas en 4 horas y con una precisión de 30 millas náuticas". 
Yo no tengo el carné de barco, ya sabéis que llevo fatal la incertidumbre. 


Ya tengo licencia: ¿ahora qué, puedo navegar sin arruinarme?

Bueno, esto depende de tus expectativas. Y de tus ingresos (obvio). Y de cuántos amigos puedas engañar para unirse a tus aventuras. Y de si vives en una ciudad costera con buena oferta de alquileres de embarcaciones. Te aseguro que si eres un poco romántico y no asocias navegar con ir en un yate a todo lujo, champán y piscina en cubierta, algo puedes hacer. 

Parejo y yo hemos navegado tres semanas completas en nuestra vida, así que tampoco estoy en posesión de la verdad absoluta. Dos veces hemos alquilado un velero en una empresa de chárter en Ibiza y en otra ocasión alquilamos a un particular en Barcelona a través de una aplicación que es como el Airbnb de barcos. El tamaño del barco era similar, con capacidad para 6 personas (8 apretados).

Precio del alquiler de un barco: en temporada baja (Semana Santa) en Ibiza hemos pagado alrededor de 1300 euros por 8 noches. Súmale el hacer una compra de comida y bebida en el súper, lo que gastes de gasolina (nada exagerado si intentas navegar lo máximo a vela, quizá unos 70-80 euros en la semana completa), la tarifa de las noches que pases en puerto que no sea el del barco (variable en función del nivel del puerto y la temporada) y el precio del transporte para llegar al lugar donde alquiles el barco si no es tu ciudad de residencia. 
En Barcelona alquilamos en pleno agosto y el precio subió un poco (20%), fueron 9 noches y también es cierto que el barco estaba en peores condiciones.
Desde luego, no son unas vacaciones baratísimas, pero tampoco es un precio reservado a unos pocos privilegiados. De hecho, si os juntáis una pandilla, el precio baja rápidamente al dividir el alquiler del barco entre 6.


¿Qué puedo esperar por esos precios? 

Aquí es cuando te cuento la verdadera de lo que es navegar como lo hacemos nosotros, más allá de los atardeceres espectaculares, las calas desiertas y la soledad del mar. ¿Preparado para la parte menos glamurosa?

En general, los precios en temporada alta (julio y agosto) se desmadran y pueden ser el triple de lo que cuestan en temporada baja. Lo malo de la temporada baja es que la temperatura del agua no está para muchos baños, así que si eres especie de remojo, puedes acabar muy frustrado.

Nosotros siempre hacemos vida en el barco, no nos vamos a un hotel y tenemos el barquito disponible para dar un paseo: dormimos en el barco, cocinamos en el barco, comemos en el barco. El espacio de un velero es muy reducido. No imagines grandes comodidades en los camarotes, baño o cocina. A los camarotes se entra a gatas, la cocina tiene lo básico (una nevera, un horno de gas, un par de fuegos) y la ducha del baño suele ser el grifo del lavabo que es extensible y la zona de ducharte, el propio baño en sí mismo. Vamos,que se asemeja bastante a un camping flotante. Mejor ir con personas con las que tengas confianza y la convivencia sea fácil; no me quiero ni imaginar lo que tiene que ser estar en un barquito con gente malhumorada o poco dispuesta a ser flexible. 

Si quieres ahorrar en amarres y tu idea es hacer alguna ruta más larga, tendrás que dormir fondeado en lugar de en puerto: vamos, que cuando se aproxima la noche, echas el ancla en una zona abrigada y te encomiendas para que el mar esté tranquilo de madrugada y no tengas que dormitar escuchando los golpes del agua contra el casco. Por supuesto, si haces noche fondeado, olvídate de darte una ducha "cómoda" en los baños del puerto; tendrás que apañarte con el equipamiento de a bordo. Puede compensarte la vista de las estrellas apartado de toda civilización. 

Para comer: cosas sencillas, mucha comida fría y algún que otro precocinado. Cocinar algo muy elaborado en el barco puede ser complicado si las condiciones meteorológicas no acompañan, mejor tener disponible un plan B. Lleva siempre suficiente agua. 

Para muchas personas es inevitable marearse. Hay muchos trucos y medicación que pueden ayudar. El mareo se suele pasar y, curioso el cuerpo humano, se invierte: después de estar largo tiempo en el mar, se tiene como sensación de irrealidad al pisar tierra firme. 

Es recomendable que más de una persona tenga nociones de navegación en el barco. Yo soy un poco cero a la izquierda y alguna vez nos habría venido bien que entendiera más rápido una instrucción o supiera reaccionar en una situación concreta.

Paciencia: la vida a bordo requiere mucha paciencia. Se depende del estado de la mar, de los vientos...  no te extrañe si tienes que modificar tu ruta o tus planes. Es parte del encanto.


¿Compensa? 

Hombre, pues eso ya depende de cada cual. A mí sí. No son unas vacaciones de lujo, probablemente por ese dinero puedas ir a un hotel bueno con todo hecho; no obstante, es una experiencia diferente y una desconexión absoluta del mundanal ruido, de la rutina, otra vida. Los paisajes y momentos que hemos pasado en un barco no los voy a olvidar nunca: los colores del mar al atardecer y al amanecer, el cielo por la noche, la soledad y el silencio, los retos cuando algo se tuerce y tienes que improvisar, el viento soplando las velas, lo bien que saben unas anchoas cuando llegas a tierra después de 3 días... Y eso que, en concreto, en las vacaciones que hicimos entre Barcelona y Gerona fueron un compendio de catástrofes. Pero regresamos sanos y salvos. 

Por este año nosotros nos damos por satisfechos, tenemos otros planes para el verano, pero para el próximo ya estamos maquinando un destino y ruta. Esperemos que la suerte acompañe y podamos llevarlo a cabo.

Si eres de espíritu aventurero (que no es mi caso) o eres capaz de sumarte al entusiasmo de alguien que lo sea, desde luego, tienes que probarlo. Ya te advierto que navegar engancha y es fuente de gran inspiración: de uno de los viajes volví con una idea muy clara en la cabeza para mi próxima y primera novela que tendría que estar firmando ahora mismo en la Feria del Libro. 

A ver si para el 2018, que en este asunto sí tengo un retraso.






miércoles, 24 de mayo de 2017

10 cosas en las que la infertilidad de mierder ha cambiado mi vida (parte II)


Yo me prometí en lo más hondo que jamás de los jamases iba a volver a escribir sobre infertilidad. Digna, dignísima, así como subiéndome las gafas de sol y dándole una vuelta más al foulard, con desdén y absoluta suficiencia, mirada por encima del hombro. Vaya, vaya…




Seguro que podría sacar muchas más de 10 cosas de cosas en las que la infertilidad de mierder ha cambiado mi vida. No busco hacerme la víctima ni autocompadecerme, con contaros 10 cositas de ná me conformo, aunque tengo una pulsión intrínseca hacia el drama y la destrucción, lo reconozco: peco de pensamiento, palabra y obra.

Al terminar la anterior entrada se me quedó un regusto muy amargo, y es que exageré un poquito: confieso que hay una persona a mi lado que intenta con toda su buena fe y amoool sostener ese paraguas cuando llueve afuera y dejarme el cachito más grande, porque tenemos un paraguas chiquitín para los dos y él prefiere que yo no me moje. Si arrecia, el agua le resbala a borbotones por los hombros o le caen unos goterones de aúpa, y soporta estoico el tío, pero yo sé que el paraguas empieza a estar viejo y oxidado y cada vez va pesando más. 

Si os parece, empezamos con este tema, hablemos del parejo en el punto 6.


6. Mi relación de parejo se ha visto afectada

Y no para bien. Si los elementos que pueden hacer que alguien reaccione de una u otra forma a un hecho determinado son incontables, imaginaos en un conjunto de dos o pareja. Variabilidad infinita.

He escuchado a varias parejas decir que la infertilidad les ha unido más, les ha hecho más fuertes. Bueno, pues no es mi caso: la infertilidad nos ha golpeado duro en el momento más inoportuno y ha tambaleado nuestro mundo como un terremoto 9 en la escala Richter. Señores, spoiler alert, esto es algo que puede pasar.

No quiero dar muchos detalles personales, solo los imprescindibles para entender los antecedentes: parejo y yo llevamos juntos forever and ever y mi camino hacia la no-maternidad ha estado lleno de inseguridades, un camino intrincado y serpenteante, una presa que contiene millones de metros cúbicos de agua estancada. A partir de un punto, tener hijos ha sido parte de nuestra definición como pareja (ojocuidao, no digo que tener hijos sea parte de la definición de todas las parejas ni que crea que tiene que ser así; simplemente esa era nuestra realidad, nuestra identidad parejil. Un día os cuento todas las situaciones que recuerdo ahora y me parecen ridículas a más no poder para que os riáis bien a gusto de las ironías de la vida de otros, que son las que hacen gracia). Desde hace mucho tiempo, algunas de nuestras conversaciones comenzaron esporádicamente a incluir el número de hijos que queríamos tener, así proyectando a futuro en plan despreocupado. Y los nombres que les pondríamos. Bromeábamos con que los niños saldrían rubiales como él y las niñas morenas como yo, esa sería nuestra impronta familiar. Y anticipábamos que necesitaríamos ahorrar para poder permitirnos una excedencia si eso. A veces discutíamos sobre qué nos importaba de un colegio, rollo valores y tal, y cuántas habitaciones necesitaríamos en un piso. Y si cabría o no una cuna adosada si poníamos el armario empotrado a los pies de la cama cuando estábamos diseñando nuestra habitación en la reforma de El Escorial. Temas cada vez más concretos que fueron modelando nuestro plan de vida y sobre cuya base fuimos tomando decisiones, más o menos acertadas.

Y todas estas conversaciones y deseos eran desiguales, por estadística, porque no hay dos personas que vivan la paternidad del mismo modo y ya sería raro que durmieran bajo el mismo techo, porque yo tenía urgencia y a la vez necesidad de tenerlo todo previsto y parejo quería disfrutar y paladear la espera con calma, mero reflejo de cómo afrontamos la existencia.

Cuando decidimos que era el momento, cuando se quebró la presa y nos lanzamos a la aventura, yo estaba pletórica. Cómo no, por fin iba a hacerse realidad, ya tenía los billetes al destino, solo era cuestión de ir al aeropuerto y montarse en el avión. Me cuesta recordar un momento más decisivo en mi vida. Parejo sin embargo recuerda el primer año de búsqueda como el de mi angustia. Me dice que siempre miro el pasado con buenos ojos. Yo ya no sé si al ser lo que vino después peor he idealizado ese periodo, o simplemente lo experimentamos y nos comunicamos de forma tan dispar, o si es cierto que me guardé todo lo bueno, la ilusión, el corazón brincando, y solo compartí las lágrimas cada 28 días (+/- 2) y la rabia y sensación de fracaso con cada embarazo ajeno.

Y la distancia fue creciendo. Yo no tenía mucho espacio para pensar en otra cosa y ver que no llegaba me preocupaba, me hacía vulnerable, irascible. Y él no entendía mi agobio y tal vez se agobiaba en un sentido diferente.

No le deseo ni a peor enemigo lo que pasó cuando descubrimos que lo nuestro iba a estar muy difícil. Solo quien ha sufrido algo parecido se hace una idea de los sentimientos, la pena profunda, los silencios, las discusiones, los lloros, los malentendidos, el proceso de encontrar otra vez cada uno su lugar, rehacer posiciones y no volver a poder hablar nunca más inocentemente de cuántos hijos tendremos ni de cómo se llamarán ni de si de mi genética se llevarán el color oscuro de pelo o la miopía.

Tal es el caso que, después del terremoto, ni siquiera queremos lo mismo. Me sorprendo imbécil perdida todavía obnubilada con la idea de una familia numerosa y parejo tiene claro que no más de dos y cada vez ve más factible que uno y gracias. Me acuerdo de nuestros sueños de juventud, de la lista con los imprescindibles de nuestra casa ideal que incluía un jardín grande, garaje y, no nos engañemos, lo demás está de más, tres churumbeles rubios, y no puedo evitar pensar en que esto de la infertilidad es una maldita apisonadora porque parte de la vida consiste en eso, en soñar, y de ahí ya quedan migajas.

A menudo me pregunto qué habría pasado si me hubiera preñado en algún momento del primer año y medio de búsqueda y seguro que habría vivido muchas noches sin dormir y muchas preocupaciones por motivos bien distintos, pero conservaría intacta la inocencia. La impresión de que todo va a salir bien. Pero eso lo dejo el punto 8.


7. Estoy a disgusto con mi cuerpo

Es un hecho que cuando uno tiene la autoestima un poco por los suelos o se pasa por una de esas temporadas en la que no te encuentras, se acaba pagando también con lo físico y se ven defectos que antes le pasaban desapercibidos. Pero no les quería hablar de eso, ladies and gentlemen. El disgusto que tengo es más profundo y motivado por dos factores.

El primero, el estrés y desazón de la primera etapa, que me provocaron insomnio (¡insomnio a mí, que he dormido de siempre con una facilidad pasmosa por muchos problemas que tuviera!) y un nudo permanente en el estómago que me impedía comer. Literal. Ha habido días en que si comía lo vomitaba. Vomitar de nervios es el nombre científico. Con este panorama, perdí bastante peso. Soy (o era) de metabolismo rápido, así que en general tiendo a estar delgada. No me peso nunca, pero por cómo de grande me quedaba la ropa, calculo que perdí entre 5 y 8 kilos. Después de esta época más ansiosa, llegó otra mucho más calmada en apariencia y el nudo en el estómago se fue definitivamente. Coincidió con un cambio de curro que hace que mi vida sea ahora más sedentaria y mis horarios de comidas un desastre. También sospecho que la calma esta es aparente y algo de ansiedad queda de fondo, porque rechino los dientes por la noche de forma brutal, pero este es otro tema. A lo que voy, resultado as per today: estoy como 5-6 kilos por encima de mi peso normal, calculo (sigo sin pesarme), ya que ponerme los vaqueros recién lavados es una odisea. Eso supone que mínimo estoy 10 kilos por encima de la época en la que estuve más delgada, apenas hace un año, que hay bastante ropa que no puedo ponerme y que me noto más torpe, lenta. O sea, que por unas cosas u otras, llevo un par de años con vaivenes de peso que muestran los vaivenes emocionales y ya empiezo a estar un pelín cansada de tanto bamboleooooooo.

El segundo factor es algo más chungo: la defectuosidad, el sentimiento de tener un cuerpo que no funciona. Cuando era pequeña, no sé, unos 7 años, en un plazo muy corto de tiempo descubrieron que tenía un ojo vago que había que azuzar con parche, lentilla y gafas (triple combo), y también que mi espalda estaba hecha un cromo, escoliosis de órdago por tener una cadera más alta que otra. Amenazaron con poner corsé y alza, y finalmente quedó en una plantilla muy gorda hecha a medida para poner por dentro del zapato y muchas horas de natación que odiaba a más no poder. Me acuerdo perfectamente que no se lo dije a nadie, pero no dejaba de pensar: “vaya una mierda de cuerpo que te ha tocado, que no funciona como tiene que funcionar, que no vale, que está mal hecho”. Pues ahora es más o menos igual. Vaya una mierda de cuerpo que no sirve. Aunque siga sin decírselo a nadie, me lo rumio yo todo por dentro.


8. Me han caído 30 años de golpe

¿Dónde estás, querida juventud? ¿Por qué leñes soy una SEÑORA mayor quejumbrosa y derrotista? Que ya solo me falta pronunciar en voz alta: “llévame Señor pronto contigo, que total, tengo la vida hecha”. Lo que hay que oír.




Ya os conté que yo he sido muy energética, de hacer muchas cosas a la vez, de proponerme cosas complicadas y encabezonarme y conseguirlas. He sido de ilusión y decepción fácil, una persona muy sentida, mari intensita, que se toma a pecho todo lo que hace. He creído que me iba a comer el mundo, que la actitud era importante y que la aptitud se perseguía.

Pues, ele, pa´ que aprendas, la infertilidad ha conseguido paralizarme y colocarme en un limbo en el que nada avanza, la vida es estática y el futuro no necesariamente es mejor que el presente. He frenado en seco. La actitud y la aptitud me son bastante indiferentes, me encuentro derrotada. No es sencillo encontrar un proyecto vital trascendente y motivador que llene el vacío de la no-maternidad.

No es lo único, de fondo hay un ruido constante de “hey, chata, las cosas pueden ir mal”. La inocencia se ha marchado malhumorada, pegando un buen portazo. Cuando cualquiera (generalmente mujeres) hablan de sus embarazos, partos, crianza, anhelos reproductivos… yo miro para otro lado. A veces recuerdo con nostalgia la época en la que yo estuve ahí. El golpe de realidad es una leche considerable.


9. Lo paso regulín en las fechas señaladas

Llámese cumpleaños (“oh, my Lord, otro año más… otro año que te acerca peligrosamente a la barrera de los 35, mierda, los 35, están ahí, mierda, mierda, joder, ¿y qué deseo me pido yo cuándo sople la vela?”), Día de la Madre (“estooooooo… ¿y si hoy me tumbo en el sofá y me pongo un gintonics y no hago nada?”) o Navidades (“otro año más, otro año que te acerca peligrosamente a la barrera de los 35, mierda, mierda, joder, ¿y qué le pido yo a los Reyes?”)

Otras fechas molongas o celebraciones, pues tienen sus momentos curiosos; es decir, allí donde se concentran más de 4 personas con las que hay confianza relativa o nula y/o hay padres recientes y/o familiares de los que hace un tiempo que no ves (gensanta, esto incluye mogollón de fechas señaladas), las probabilidades de que se acabe hablando sobre tu afán reproductor son muy amplias y abarcan técnicas versátiles y de sutileza variada. Así que si estás bajita de ánimos y te pilla un día de esos de mecagüentó, no suele apetecer mucho ir a cumpleaños ajenos multitudinarios, quedadas de antiguos compañeros de instituto, carrera o máster, bodas, bautizos, comuniones, nacimientos… Ya expliqué que la presión acecha hasta en los velatorios y puede ser muy dura de sobrellevar en ciertas etapas de la infertilidad. Y cuando ya más o menos he avanzado de nivel, he ganado mil puntos de resiliencia suprema, he encontrado mi equilibrio personal y divino e inventado respuestas para toda clase de situaciones, resulta que tu entorno se ha ido desmembrando, y aparece el último punto de lo que la infertilidad de mierder ha traído a mi vida.


10. Me siento más sola

Ajá, repasemos los puntos anteriores: he estado muy triste, me he amargado bastante, el significado de lo que me rodea tiene una nueva dimensión, hay cosas que prefiero guardarme bien adentro, mi relación de pareja se ha resentido y las interacciones sociales propias de la edad y entorno en el que me encontraba tienden a hacer presente el maldito asunto infértil. ¿A alguien le extraña que con estos ingredientes me sienta y esté más sola y haya amistades y relaciones que valoraba que se hayan enfriado un montón?

En especial, las que más se han estropeado son con los amigos que han sido padres en el tiempo que nosotros llevamos buscando. Y es que conciliar el mundo fértil y el infértil requiere unas dosis de empatía, generosidad y comprensión mutua que al menos yo no he sido capaz de gestionar durante la etapa de dolor agudo inicial después del diagnóstico.

Sí, he tenido esa punzada llena de sentimientos encontrados cuando he recibido el anuncio de un nuevo embarazo, no he sabido dónde meterme cuando me han puesto un bebé cerca o directamente en brazos, me han dolido en el alma los infinitos comentarios bienintencionados de amigas y me han llegado a importunar cuando a pesar de mis caras o reacciones, se han hecho reincidentes. Las madres y padres recientes quieren hablar de sus hijos y yo como infértil convaleciente, niños y reproducción era el último tema del que me apetecía hablar. Claro, visto desde el otro lado, imagino que se hace un poco extraño y molesto que no preguntes por los retoños. Ya advertí que yo peco de todo, pensamiento, palabra, obra y omisión.

Lo que no quita que haya muchas personas a las que he echado de menos, que sabían lo que me estaba ocurriendo y no han sacado el tema, o peor, lo han sacado con tan mínimo acierto que no me han quedado ganas de repetir experiencia. Que tampoco han dicho “¿cómo estás, necesitas algo, me tomo un café contigo, me acerco a verte a casa?” 

Y no las culpo, acertar es complicado cuando una está tan sensible y comprendo que las prioridades cambian, el tiempo escasea y cada uno tiene sus problemas, y yo tampoco he estado ahí para escuchar sus andanzas como padres, es la realidad.

Para ser justa y poner peso en el lado positivo de la balanza, he de decir que otras amigas de las que ni siquiera sé si la maternidad entra en sus planes porque no había sido un tema de conversación entre nosotras ni han querido compartirlo conmigo después, han reaccionado con un cariño y una sensibilidad extraordinarias y me sigue llegando al alma cada vez que me dan un abrazo apretado. 

En resumen, no mola alejarte de gente importante para ti porque te superan las circunstancias. No mola que la gente que es importante para ti no entienda por lo que estás pasando. No mola nada.



En fin, que la infertilidad es así, te pone contra las cuerdas y 10 cosas se quedan cortas. Va a seguir lloviendo ahí fuera una larga temporada… me iré pillando un chubasquero que suelen estar de oferta en primavera y no descarto volver a escribir sobre ello de vez en cuando. La dignidad a tomar por saco.




lunes, 3 de abril de 2017

10 cosas en las que la infertilidad de mierder ha cambiado mi vida (parte I)

De los creadores de 10 cosas hipster que puedo seguir haciendo porque no me preño y 10 cosas hipster que pienso hacer cuando me quede preñada, llega una nueva y esperadísima entrega: 10 cosas en las que la infertilidad de mierder ha cambiado mi vida.

Sé que no podíais esperar, así que allá voy, sin más dilación. Como el post se me ha hecho un poco largo porque tenía mucho que contar y he llorado como una cabrona mientras lo escribía, no me ha quedado más remedio que sacarlo en dos partes. A continuación, las 5 primeras cosas en las que la infertilidad de mierder ha cambiado mi vida:

1. Los "bueno, qué, ¿y vosotros para cuándo?, te tocan los bolondongos de forma muy particular.

Aquí tengo que reconocer que ya me los tocaban de antes, porque es que esto de toda la vida me ha parecido muy básico: veamos, si una pareja no tiene hijos es a) porque no quiere o b) porque no puede, y en ninguno de los dos casos entiendo yo que tengan que estar dando explicaciones a diestro y siniestro sobre un tema tan íntimo, aunque es cierto que cuando todavía era cándida e ingenua, el cotilleo ajeno no me resultaba tan desagradable. Y como dice parejo, en definitiva, aquí entra en juego la suegra y su impagable labor social de meter prisa para la conservación de la especie. Pero vamos, que somos todos mayorcitos y sabemos la teoría de cómo se hacen los churumbeles, por tanto si quiere usted sacar un tema de conversación por matar el tiempo, encarecidamente le recomiendo que mejor comente sobre la evolución del PIB en los países de la antigua Yugoslavia, por mencionar un sencillo ejemplo. 

Asimismo, se ruega eliminen de sus conversaciones cualquier referencia a las criaturas que usted asume que están por venir, especialmente las del tipo amenazante: "uy, claro, cuando tengas hijos tú ya verás..." o los increíbles: "se os va a pasar el arroz, claro, como ahora la juventud es tan egoísta" y “ a ver si es que no vais a servir”. Atiende. 

Puede parecer una queja exagerada (que lo es, al fin y al cabo idiotas e imprudentes hay en todos lados, y bueno, al final resulta que de algo hay que hablar en este mundo), pero si contara la de veces que me he visto en situaciones verdaderamente incómodas tendría para escribir no un post, sino un libro. Desde las personas cercanas que no se dan enteradas con una evasiva seca: "nosotros, de momento, no" y siguen metiendo el dedo en la llaga: "pero, ¿por qué? ¿Es que os da miedo, verdad? ¿Es que tienes mucho curro?" y hasta que no rompes en llanto no paran "mira, no, es que no podemos" y luego, no te lo pierdas, para colmo se incomodan con tu respuesta, leñe, no haber preguntado, hasta los amigos o cuasicompletos desconocidos que sacan a relucir tu vida reproductiva en el curro, en un cumpleaños y en el tanatorio si se tercia. Hasta cuatro veces. Y es que cualquier ocasión es bienvenida. Ahora, no en un momento de conversación a corazón abierto sobre lo humano y lo divino, no, a bocajarro y sin venir a cuento anytime, anywhere. Plas, plas, aplausos.





Lo mejor, ante la presión ajena, cuando ya dices "mecagüentó, estoy ya hasta ahí mismo y a este metomentodo le voy a soltar la verdad, toda la verdad y nada más que la verdad" y recibes respuestas maravillosas. Lo que me lleva al punto 2.



2. Por desgracia, sé más de infertilidad de lo que me gustaría saber. Y muy posiblemente, sé mucho más que tú.

Pero gracias por los consejos no pedidos y el resto de preguntas incómodas. Nombraré solo alguna de las más repetidas, pero el abanico es amplio y variopinto. Aviso a navegantes, nunca sabes por dónde te van a salir, así que no intentes estar preparado, mejor reacciona sobre la marcha. Aquí la improvisación es clave:

·         ¿Y quién de los dos tiene un problema?: verídico, gente con la que apenas has intercambiado unas palabras y a las que has intentado espantar a base de firmes y cortas respuestas, se esconden detrás del visillo, asoman media cara arrugando la nariz y aprovechan el jugoso momento para continuar satisfaciendo su curiosidad. Ojo, no es solo cosa del español medio, por si creían ustedes que esto del cotilleo es menester patrio; esto te puede ocurrir en cualquier lugar del mundo. Como contestar a tal impertinencia con un: “¿acaso le importa?” puede romper importantes acuerdos locales e internacionales, yo opto por la vía del medio y respondo: “pues los dos, señor, los dos tenemos un problema” y que entiendan lo que les dé la gana. Libre interpretación.

·         No te preocupes, puedes adoptar: pfffffffff, ¿qué decir? Esta es una de las respuestas que más me cabrean, es que me llevan los demonios. Creo que en alguna ocasión no he podido contenerme y he soltado a bocajarro: “usted también”. Sí, sé que es una idea descabellada en la mente de muchos, ¿se imaginan?, aunque una persona/pareja pueda tener hijos biológicos, también puede adoptar. Pensamiento subversivo, ¿eh? Gracias por poner sobre la mesa una alternativa tan innovadora, no se me había ocurrido, a mí, que siempre he considerado la adopción como una vía más hacia la maternidad, que desde muy joven he pensado que algún día me lanzaría a tener un hijo adoptivo y que, desde mucho antes de intentar tener hijos biológicos, me he informado sobre el proceso de adopción y conozco la teoría de los pasos, requisitos, procesos y problemática específica a la que puede enfrentarse una familia con miembros adoptivos. También podemos hablar sobre la acogida, de urgencia, temporal, permanente, programas de verano, lo que prefieran. Ya que nos ponemos… ¿Tan difícil es entender que el duelo por la infertilidad es independiente de la posibilidad de la maternidad adoptiva? ¿Tan loco es callar antes de hablar sobre un tema del que no se tiene ni idea?

·         Pues yo conozco a alguien que tampoco podían y chica, después de 4 tratamientos al final se quedaron de forma natural: ya, y yo conozco a uno que le tocó la lotería y no por ello te aconsejo que eches la primitiva y te tranquilices si no encuentras trabajo. No soy tonta, en la infertilidad en pocos casos hay imposibles, pero sí harto improbables. Me alegro por tu amigo. Por cierto, el mensaje implícito no me gusta un pelo, ¿o solo yo entiendo que en el fondo me estás queriendo decir que soy idiota perdida por plantearme un tratamiento de reproducción asistida?

·         A lo mejor lo que necesitas es relajarte: alma de cántaro, que van tres años… Además, quédese tranquilo, que en este tiempo por suerte hemos podido disfrutar de bastantes vacaciones: Berlín, Mallorca, La Palma, Marruecos (dos veces), Suiza, Menorca, Japón, costa peninsular (Valencia, Cádiz, Málaga), aventuras en los mares, Bulgaria… Y no, no ha habido preñamiento. Es absolutamente amazing.

·         Bueno, si no puedes tener hijos, tampoco pasa nada, siempre puedes encontrar otros proyectos: ¿de verdad? Gracias, mil gracias, mi vida es vacía y miserable sin niños, está claro que tendré que buscar alguna alternativa.

·         No te quejes, peor están los refugiados sirios: esta tampoco me la he inventado, es de verdad verdadera. Lo bueno, es que vale para consolar cualquier cuita. Hemos hallado el comodín definitivo.





3. Me he vuelto más reservada. 

Estoy cansada de escuchar mi runrun interno, cansada de aburrir con él al parejo, escarmentada de las ocasiones en las que he compartido lo que ocurre mi entorno más cercano y también en el más lejano. Prefiero callarme y no hablar de nada que tenga que ver con la no-maternidad o la maternidad, reprimirme y acorazar mi muro. No quiero seguir llorando a menudo. Desde el primer año de altibajos en la búsqueda a la aceptación de que no tengo absolutamente ningún control sobre lo que esté por pasar y que, desde luego, con casi total probabilidad tenga que despedirme de la familia numerosa que soñé, he llorado demasiado y he destruido demasiado. Me aburro yo misma y siento que aburro a los que están a mi alrededor, me cuesta abstraerme de la infertilidad, me siento infértil 24 horas al día, pienso en ello a menudo y situaciones muy cotidianas me lo recuerdan a diario, pero me lo guardo para mí y comparto muy poco mis sentimientos. 

No he encontrado una forma mejor de protegerme ni de proteger a lo que más quiero, al parejo.


4. El mundo ha cambiado para mí.

Cuando me acuerdo de todas las cosas que hacía antes, con las que me ilusionaba antes, no me reconozco. Solo hace 3 años yo era capaz de desempeñar un trabajo cualificado y muy exigente, estudiar una segunda carrera que me apasionaba, planificar y ejercer de ayudanta en la reforma integral de un piso y cultivar un número no despreciable de aficiones activas: escribir, fotografiar, aprender idiomas, viajar, soñar despierta. Podía y me gustaba tener muchos frentes abiertos, era inquieta, me interesaba casi cualquier tema. Y de repente, apenas me veo con fuerzas de llevar una vida ordenada y cumplir con lo que para mí son unos mínimos. Mi energía ha desparecido. 

Hay ciertos pasatiempos que he preferido aparcar por mi salud mental, como coleccionar cuentos ilustrados. Ya nunca me paro en la sección infantil de Ikea ni me detengo en escaparate ninguno con ropa de bebé. Interesarme por las maternidades ajenas me duele mucho y no hacerlo, casi más; saber me enfrenta a lo que tal vez nunca sea y no querer saber me hace sentir muy culpable. Elegir un regalo para un sobrino o para el cumpleaños de uno de los hijos de mis "antes amigas" se ha convertido en un gesto sin doble significado. Recibir la noticia de un nuevo embarazo me provoca una mezcla de alegría amarga, indiferencia y ganas locas de salir a correr al Retiro (he de decir que aquí hemos progresado adecuadamente, ya no me pillo lloreras de órdago ni pongo a todo trapo la canción de "Wake me up when it's all over"). Estudiar Psicología del Desarrollo es un mero trámite científico. 

En resumen, en mi vida y, en especial, durante el primer año de búsqueda de preñamiento, todo era una extraña mezcla de ilusión y decepción inocentes, un mundo compuesto de dos capas: la de los acontecimientos que ocurren y los que están a punto de llegar. Los segundos ya no existen. No sé lo que me espera. 

Admiro profundamente a los que han sido capaz de verbalizar, escribir, declarar o visualizar un futuro que abarca un proyecto difícil, el que sea. Yo no puedo. No puedo verme ni declararme madre, no puedo vencer el miedo que es como un monstruo grande, amorfo y pegajoso que va lentamente ocupando cada recoveco. Tres años se me hacen demasiados y pueden ser muchos más, puede no llegar... quizá con suerte pueda ser madre una vez, no quiero ni pensar más allá, ¿qué habría después? ¿Otra vez en la casilla de salida? Si ya me siento exhausta... ¿cuántas veces tendré que volver a estar en el punto de partida? ¿Cuánto aguantará mi salud, nuestra economía, nuestras fuerzas, mi edad, mis ilusiones?

Lo que sí sé es que nada volverá a ser como antes...como dice la canción.

5. Hay emociones que ya no siento y otras que han regresado con fuerza.

Desde que la infertilidad me acompaña, no siento rabia. Nada, cero, caput, finito. Casi nunca, en ninguna situación, me cuesta muchísimo enfadarme y eso que yo he sido de un humor, ¿cómo definirlo?, gata pisada del rabo. Simplemente ha desaparecido, puf, se esfumó.

En su lugar han aparecido la culpa, la desesperanza y una tristeza lenta y profunda, oscura, pura, sin matices, que me ahoga, se mece tranquila y campa a sus anchas en mis entrañas, pesa, es densa, plomo líquido, sabe a metal. Ya nos conocemos, nos hemos acostumbrado la una a la otra, nos miramos a los ojos, nos desafiamos.

He pasado dos duelos muy intensos, pocas experiencias se me ocurren más brutales que ser huérfana a los 19 e infértil a los 29. Joder, cuantísimo duele escribirlo. Dos acontecimientos independientes, dos tormentas con rayos, truenos, centellas, con similares resultados, los despojos de un cuerpo naufragado en una playa desierta, y sin embargo de evolución tan diferente. Dos hechos separados por una década, dos noticias inesperadas, dos veces las palabras que apenas se tardan 30 segundos en pronunciar y cambiar un rumbo, dos ausencias que forjan ese carácter en el que no quiero estar más; una historia, la mía, marcada por las etapas que aún no tocan, los imposibles, nadando a contracorriente. Y no hay mejor o peor, de momento solo hay irreversible frente a incertidumbre. 

Pero la orfandad y la infertilidad se parecen en que es estar sin paraguas cuando llueve. 









jueves, 23 de marzo de 2017

Y tú, ¿por qué reciclas?

Domingo por la mañana, sol radiante en el centro de la granciudad, hemos dejado atrás los dos primeros meses de 2017 y me he dado por revisar los propósitos del año. Desastre. Uno de ellos reza: "leer más ficción", lo que en principio es fácil porque básicamente mi vida apenas me da para leer en mis escasas vacaciones. Así que "más" podría traducirse en un miserable libro.

- Nenis, esto no puede seguir así. Lo del deporte dos días a la semana se te perdona, que eso es claramente específico y concreto, normal que te dé pereza. Ahora que lo de leer más ficción no tiene excusa, chata. Vete a la biblioteca y así de paso te das una vuelta por el Retiro, que siempre sienta bien - me recomienda con sabiduría mi conciencia. 

- Vaaaaaale - le contesta fastidiada mi inconsciencia.

- Y llévate el cartón cuando salgas, ya que estás - me recuerda el parejo. 

Ele, el cartón de los bolondongos. Las cajas de Amazon y de sufrutamadre, pesar, no pesan, pero y lo que odio ir haciendo equilibrios por la calle con las cajas de las narices. Que sí, que podría plegarlas en casa antes de salir, aunque no está el suelo defectuoso que nos dejaron los mamonazos de la obra como para andar pegando saltos sin control, que a mí el cartón me gusta destrozarlo a leches antes de meterlo en el contenedor de reciclaje, qué pasa, hay que descargar por algún lado. 

- Oye, y tú, ¿por qué reciclas?- oigo una voz a mis espaldas. 

Dejo de saltar sobre la caja sorprendida, me doy media vuelta y me encuentro a un individuo de extraño aspecto con un vaso de Starbucks en la mano. Hago como que el tema no va conmigo, doblo la caja con indiferencia y la introduzco en el hueco del contenedor. 

- ¿Eres de las que recicla por convicción o una de esas tipas que solamente hace el paripé y así lavas tu conciencia pensando que estás haciendo algo por detener el calentamiento global? - insiste con fuerte acento argentino mientras le da un sorbo largo a su café y me desafía con la mirada- Yo es que trabajo en el quiosco de aquí al lado, ¿sabes?

- Ajá- salto sobre la siguiente caja, con más mala leche que la anterior. 

- Entonces, ¿qué? - saca la mano que no sostiene el vaso del bolsillo de su cazadora vaquera y hace un gesto de impaciencia. 

Joder, cómo está el patio. Me agacho, recojo la caja que acabo de aplastar del suelo y sigo mi ritual con parsimonia. 

- Pues mira no, yo es que reciclo porque mi marido me obliga- le contesto. Hala, con un par. Me observa con incredulidad, parece que ya se va dando cuenta que estoy un poco pa' allá. Empiezo a saltar con furia sobre la última caja y me vengo muy arriba- Sí, sí, mi marido, ¿sabes? Que si por mí fuera, le iban a dar mucho por saco al reciclaje y al calentamiento global y a las pamplinas. A tomar viento, si por mí fuera, yo es que lo tiraba todo al mismo lado y punto, ni cartón, ni vidrio ni leches que te crió. Todo junto y a la mierda.

Tiro la última caja y me sacudo las manos. Me dirijo a él y levanto la barbilla en plan chulita antes de seguir calle abajo. 

- ¿Ves? - le oigo gritar a mis espaldas- Si por algo digo yo que se está mejor solo.

Chatungos, mi vida en la granciudad es puro surrealismo.



martes, 14 de marzo de 2017

Marejada

Alrededores del 11 de marzo de 2014. Bar Vacaciones, calle Espíritu Santo, Malasaña. Reunión de compañeros de máster, Raquel celebra los 32. Llegamos un poco antes de lo previsto, se nos ha dado bien aparcar. En la entrada nos encontramos con una pareja, damos por hecho que somos los primeros en aparecer y nos ponemos a hablar.

Mi memoria es auditiva, los hechos pasados se reproducen como si alguien me contara un cuento, con una sola excepción: la ropa, la mía, soy capaz de visualizar con nitidez qué prendas llevaba en un día concreto. Quizá sea ese el motivo por el que me cueste tanto hacer limpieza de armario. Sin embargo, ni un recuerdo de lo que llevaba puesto en aquel momento. En cambio, sí veo la camiseta blanca de rayas negras horizontales de ella, la barriga incipiente, el abrazo de él, y la esperada pregunta:

- Bueno, qué, ¿y vosotros para cuándo?

Parejo me mira y sonríe. Desde hace largo tiempo es un tema recurrente en nuestras conversaciones. En realidad siempre ha estado ahí, la maternidad en mi vida es el ruido de las olas en una ciudad costera. Psssss, pssss... una cadencia rítmica con la que convivo a diario, que me mece en sueños, a veces temporal, a veces marea baja. Las épocas de marejada se suceden con mayor frecuencia, rompen las olas enfurecidas en el muro que he ido construyendo a medida. 

- Nosotros, para mi cumpleaños - resuelve. Me coge la mano.

Abril, su cumpleaños. Fisura en el rompeolas, la presión se descarga al otro lado, son todo fugas. Me tiemblan las piernas.



Han pasado tres años. 

Uno: risas, esperanzas, planes, ilusiones. Vaivenes previstos, bendita inocencia. La misma mano que cogía la mía, ahora me acaricia con el dorso la mejilla, borra con delicadeza el rastro de un llanto silencioso.

- No estés triste- susurra. 

Dos: discusiones, incredulidad, miedo, incertidumbre. Un vendaval con ínfulas de huracanado. Nuestros cuerpos, desechos, abrazados en el sofá nuevo, dirimiendo quién se quedará con las gatas. Estoy triste, muy triste, todo el tiempo. 

- Me quedo- declara.

Tres: sosiego, silencios, espacio, penumbra. Empiezo a perder la cuenta de las ilusiones que me he dejado en el camino. Estoy cansada, irritable, me cuesta encontrar la perspectiva. La vida ha seguido su curso, soy yo la que he me detenido. Me siento pequeña, endeble, incapaz, terriblemente sola y perdida. No soy más sabia, solo tengo más canas; mi defectuosa genética se ha esforzado por ir completando lo que empezó a los tiernos veinticuatro. 

Ya no escucho el ruido de las olas en mi ciudad particular, es duro vivir en el interior cuando te has acostumbrado a la costa. 

Creo que he insonorizado el muro. 




lunes, 6 de marzo de 2017

La Boheme

Yo era carne de adosado, jardín con adelfas y tardes de verano impregnadas en olor a crema solar en la piscina, monovolumen con espacio para tres sillitas, sábados de 3x2 en Carrefour. Boda de blanco impoluto y cabeza coronada de azahar, luna de miel en isla paradisíaca, cuna arrimada a la cama de matrimonio, domingos de sobremesa en casa de la suegra. 

Ni en el mejor de los guiones alternativos me había imaginado yo que mi vida a los treinta iba a transcurrir en un barrio céntrico en la granciudad, ese espacio compuesto por apenas la decena de calles que transito habitualmente, amurallado como si de fosos se tratasen por las arterias que delimitan sus dominios: a un lado, casa; al otro lado, territorio comanche. Alcalá, Paseo del Prado, Atocha, Jacinto Benavente y Carretas. Vuelta a empezar. 




Bullicio y desorden de coches y viandantes que esconden en su interior calles estrechas e inusitadamente vacías en su mayoría, con la honrosa excepción de Huertas, esa sí, que aparece en todas las guías. Por lo demás, auténtica rutina de pueblo en plena urbe salpicada de momentos surrealistas de los que me hacen sonreír por dentro: el peluquero que finge como que recuerda mi nombre y me peina a ritmo de grandes divas del soul; el portero que siempre, siempre, está en la cafetería Cervantes en la terraza tomando algo, nunca me fijo el qué, haga frío o calor o caigan chuzos de punta; el hermano perezoso del churrero, todas las mañanas sin faltar ni una apostado en el lado de los pares fumando tranquilo un cigarrito mientras su hermano suda la gota gorda; el óptico que me sonríe y me pregunta cómo estoy de verdad, esperando respuesta, y que yo sé que me lee en la sombra; la señora de la cristalería Venegas, que me agarra el brazo mientras me habla como si fuera una vieja conocida y me aconseja qué marco ponerle al cuadro del ganso que me regaló el parejo, y yo que no le hago ni caso y voy por libre, y después me cuentan el cachondeo que han tenido en el taller porque "no te vamos a engañar, es que vaya marco más raro has elegido, demasiada enjundia para un ganso a fin de cuentas, aunque al final tenemos que admitir que ha quedado precioso"; el camarero de El Alambique que nada más vernos entrar recita de carrerilla eso de dos somontanos, berenjenas con salmorejo y pollo al curry, a ver si queda sitio al fondo de la barra que sé que os gusta.



Quién me iba a decir que encontraría el sosiego en el barrio, Cortes, de las Letras, de las Musas, La Boheme, la boheme... paisaje urbano que me era tan ajeno y hostil, tan lejos de la calma chicha de las urbanizaciones cerradas con columpios para niños y dos plazas de garaje por vivienda. 





A veces siento nostalgia de lo que pudo ser y no fue y echo de menos el aroma de las adelfas y sobre todo, la cuna arrimada. Se me pasa pronto. Y es que las malas épocas en la granciudad, lo son menos.

Gracias, Madrid, barrio, mi barrio, por todo lo que me has dado. No tengo vidas para devolvértelo.