miércoles, 24 de mayo de 2017

10 cosas en las que la infertilidad de mierder ha cambiado mi vida (parte II)


Yo me prometí en lo más hondo que jamás de los jamases iba a volver a escribir sobre infertilidad. Digna, dignísima, así como subiéndome las gafas de sol y dándole una vuelta más al foulard, con desdén y absoluta suficiencia, mirada por encima del hombro. Vaya, vaya…




Seguro que podría sacar muchas más de 10 cosas de cosas en las que la infertilidad de mierder ha cambiado mi vida. No busco hacerme la víctima ni autocompadecerme, con contaros 10 cositas de ná me conformo, aunque tengo una pulsión intrínseca hacia el drama y la destrucción, lo reconozco: peco de pensamiento, palabra y obra.

Al terminar la anterior entrada se me quedó un regusto muy amargo, y es que exageré un poquito: confieso que hay una persona a mi lado que intenta con toda su buena fe y amoool sostener ese paraguas cuando llueve afuera y dejarme el cachito más grande, porque tenemos un paraguas chiquitín para los dos y él prefiere que yo no me moje. Si arrecia, el agua le resbala a borbotones por los hombros o le caen unos goterones de aúpa, y soporta estoico el tío, pero yo sé que el paraguas empieza a estar viejo y oxidado y cada vez va pesando más. 

Si os parece, empezamos con este tema, hablemos del parejo en el punto 6.


6. Mi relación de parejo se ha visto afectada

Y no para bien. Si los elementos que pueden hacer que alguien reaccione de una u otra forma a un hecho determinado son incontables, imaginaos en un conjunto de dos o pareja. Variabilidad infinita.

He escuchado a varias parejas decir que la infertilidad les ha unido más, les ha hecho más fuertes. Bueno, pues no es mi caso: la infertilidad nos ha golpeado duro en el momento más inoportuno y ha tambaleado nuestro mundo como un terremoto 9 en la escala Richter. Señores, spoiler alert, esto es algo que puede pasar.

No quiero dar muchos detalles personales, solo los imprescindibles para entender los antecedentes: parejo y yo llevamos juntos forever and ever y mi camino hacia la no-maternidad ha estado lleno de inseguridades, un camino intrincado y serpenteante, una presa que contiene millones de metros cúbicos de agua estancada. A partir de un punto, tener hijos ha sido parte de nuestra definición como pareja (ojocuidao, no digo que tener hijos sea parte de la definición de todas las parejas ni que crea que tiene que ser así; simplemente esa era nuestra realidad, nuestra identidad parejil. Un día os cuento todas las situaciones que recuerdo ahora y me parecen ridículas a más no poder para que os riáis bien a gusto de las ironías de la vida de otros, que son las que hacen gracia). Desde hace mucho tiempo, algunas de nuestras conversaciones comenzaron esporádicamente a incluir el número de hijos que queríamos tener, así proyectando a futuro en plan despreocupado. Y los nombres que les pondríamos. Bromeábamos con que los niños saldrían rubiales como él y las niñas morenas como yo, esa sería nuestra impronta familiar. Y anticipábamos que necesitaríamos ahorrar para poder permitirnos una excedencia si eso. A veces discutíamos sobre qué nos importaba de un colegio, rollo valores y tal, y cuántas habitaciones necesitaríamos en un piso. Y si cabría o no una cuna adosada si poníamos el armario empotrado a los pies de la cama cuando estábamos diseñando nuestra habitación en la reforma de El Escorial. Temas cada vez más concretos que fueron modelando nuestro plan de vida y sobre cuya base fuimos tomando decisiones, más o menos acertadas.

Y todas estas conversaciones y deseos eran desiguales, por estadística, porque no hay dos personas que vivan la paternidad del mismo modo y ya sería raro que durmieran bajo el mismo techo, porque yo tenía urgencia y a la vez necesidad de tenerlo todo previsto y parejo quería disfrutar y paladear la espera con calma, mero reflejo de cómo afrontamos la existencia.

Cuando decidimos que era el momento, cuando se quebró la presa y nos lanzamos a la aventura, yo estaba pletórica. Cómo no, por fin iba a hacerse realidad, ya tenía los billetes al destino, solo era cuestión de ir al aeropuerto y montarse en el avión. Me cuesta recordar un momento más decisivo en mi vida. Parejo sin embargo recuerda el primer año de búsqueda como el de mi angustia. Me dice que siempre miro el pasado con buenos ojos. Yo ya no sé si al ser lo que vino después peor he idealizado ese periodo, o simplemente lo experimentamos y nos comunicamos de forma tan dispar, o si es cierto que me guardé todo lo bueno, la ilusión, el corazón brincando, y solo compartí las lágrimas cada 28 días (+/- 2) y la rabia y sensación de fracaso con cada embarazo ajeno.

Y la distancia fue creciendo. Yo no tenía mucho espacio para pensar en otra cosa y ver que no llegaba me preocupaba, me hacía vulnerable, irascible. Y él no entendía mi agobio y tal vez se agobiaba en un sentido diferente.

No le deseo ni a peor enemigo lo que pasó cuando descubrimos que lo nuestro iba a estar muy difícil. Solo quien ha sufrido algo parecido se hace una idea de los sentimientos, la pena profunda, los silencios, las discusiones, los lloros, los malentendidos, el proceso de encontrar otra vez cada uno su lugar, rehacer posiciones y no volver a poder hablar nunca más inocentemente de cuántos hijos tendremos ni de cómo se llamarán ni de si de mi genética se llevarán el color oscuro de pelo o la miopía.

Tal es el caso que, después del terremoto, ni siquiera queremos lo mismo. Me sorprendo imbécil perdida todavía obnubilada con la idea de una familia numerosa y parejo tiene claro que no más de dos y cada vez ve más factible que uno y gracias. Me acuerdo de nuestros sueños de juventud, de la lista con los imprescindibles de nuestra casa ideal que incluía un jardín grande, garaje y, no nos engañemos, lo demás está de más, tres churumbeles rubios, y no puedo evitar pensar en que esto de la infertilidad es una maldita apisonadora porque parte de la vida consiste en eso, en soñar, y de ahí ya quedan migajas.

A menudo me pregunto qué habría pasado si me hubiera preñado en algún momento del primer año y medio de búsqueda y seguro que habría vivido muchas noches sin dormir y muchas preocupaciones por motivos bien distintos, pero conservaría intacta la inocencia. La impresión de que todo va a salir bien. Pero eso lo dejo el punto 8.


7. Estoy a disgusto con mi cuerpo

Es un hecho que cuando uno tiene la autoestima un poco por los suelos o se pasa por una de esas temporadas en la que no te encuentras, se acaba pagando también con lo físico y se ven defectos que antes le pasaban desapercibidos. Pero no les quería hablar de eso, ladies and gentlemen. El disgusto que tengo es más profundo y motivado por dos factores.

El primero, el estrés y desazón de la primera etapa, que me provocaron insomnio (¡insomnio a mí, que he dormido de siempre con una facilidad pasmosa por muchos problemas que tuviera!) y un nudo permanente en el estómago que me impedía comer. Literal. Ha habido días en que si comía lo vomitaba. Vomitar de nervios es el nombre científico. Con este panorama, perdí bastante peso. Soy (o era) de metabolismo rápido, así que en general tiendo a estar delgada. No me peso nunca, pero por cómo de grande me quedaba la ropa, calculo que perdí entre 5 y 8 kilos. Después de esta época más ansiosa, llegó otra mucho más calmada en apariencia y el nudo en el estómago se fue definitivamente. Coincidió con un cambio de curro que hace que mi vida sea ahora más sedentaria y mis horarios de comidas un desastre. También sospecho que la calma esta es aparente y algo de ansiedad queda de fondo, porque rechino los dientes por la noche de forma brutal, pero este es otro tema. A lo que voy, resultado as per today: estoy como 5-6 kilos por encima de mi peso normal, calculo (sigo sin pesarme), ya que ponerme los vaqueros recién lavados es una odisea. Eso supone que mínimo estoy 10 kilos por encima de la época en la que estuve más delgada, apenas hace un año, que hay bastante ropa que no puedo ponerme y que me noto más torpe, lenta. O sea, que por unas cosas u otras, llevo un par de años con vaivenes de peso que muestran los vaivenes emocionales y ya empiezo a estar un pelín cansada de tanto bamboleooooooo.

El segundo factor es algo más chungo: la defectuosidad, el sentimiento de tener un cuerpo que no funciona. Cuando era pequeña, no sé, unos 7 años, en un plazo muy corto de tiempo descubrieron que tenía un ojo vago que había que azuzar con parche, lentilla y gafas (triple combo), y también que mi espalda estaba hecha un cromo, escoliosis de órdago por tener una cadera más alta que otra. Amenazaron con poner corsé y alza, y finalmente quedó en una plantilla muy gorda hecha a medida para poner por dentro del zapato y muchas horas de natación que odiaba a más no poder. Me acuerdo perfectamente que no se lo dije a nadie, pero no dejaba de pensar: “vaya una mierda de cuerpo que te ha tocado, que no funciona como tiene que funcionar, que no vale, que está mal hecho”. Pues ahora es más o menos igual. Vaya una mierda de cuerpo que no sirve. Aunque siga sin decírselo a nadie, me lo rumio yo todo por dentro.


8. Me han caído 30 años de golpe

¿Dónde estás, querida juventud? ¿Por qué leñes soy una SEÑORA mayor quejumbrosa y derrotista? Que ya solo me falta pronunciar en voz alta: “llévame Señor pronto contigo, que total, tengo la vida hecha”. Lo que hay que oír.




Ya os conté que yo he sido muy energética, de hacer muchas cosas a la vez, de proponerme cosas complicadas y encabezonarme y conseguirlas. He sido de ilusión y decepción fácil, una persona muy sentida, mari intensita, que se toma a pecho todo lo que hace. He creído que me iba a comer el mundo, que la actitud era importante y que la aptitud se perseguía.

Pues, ele, pa´ que aprendas, la infertilidad ha conseguido paralizarme y colocarme en un limbo en el que nada avanza, la vida es estática y el futuro no necesariamente es mejor que el presente. He frenado en seco. La actitud y la aptitud me son bastante indiferentes, me encuentro derrotada. No es sencillo encontrar un proyecto vital trascendente y motivador que llene el vacío de la no-maternidad.

No es lo único, de fondo hay un ruido constante de “hey, chata, las cosas pueden ir mal”. La inocencia se ha marchado malhumorada, pegando un buen portazo. Cuando cualquiera (generalmente mujeres) hablan de sus embarazos, partos, crianza, anhelos reproductivos… yo miro para otro lado. A veces recuerdo con nostalgia la época en la que yo estuve ahí. El golpe de realidad es una leche considerable.


9. Lo paso regulín en las fechas señaladas

Llámese cumpleaños (“oh, my Lord, otro año más… otro año que te acerca peligrosamente a la barrera de los 35, mierda, los 35, están ahí, mierda, mierda, joder, ¿y qué deseo me pido yo cuándo sople la vela?”), Día de la Madre (“estooooooo… ¿y si hoy me tumbo en el sofá y me pongo un gintonics y no hago nada?”) o Navidades (“otro año más, otro año que te acerca peligrosamente a la barrera de los 35, mierda, mierda, joder, ¿y qué le pido yo a los Reyes?”)

Otras fechas molongas o celebraciones, pues tienen sus momentos curiosos; es decir, allí donde se concentran más de 4 personas con las que hay confianza relativa o nula y/o hay padres recientes y/o familiares de los que hace un tiempo que no ves (gensanta, esto incluye mogollón de fechas señaladas), las probabilidades de que se acabe hablando sobre tu afán reproductor son muy amplias y abarcan técnicas versátiles y de sutileza variada. Así que si estás bajita de ánimos y te pilla un día de esos de mecagüentó, no suele apetecer mucho ir a cumpleaños ajenos multitudinarios, quedadas de antiguos compañeros de instituto, carrera o máster, bodas, bautizos, comuniones, nacimientos… Ya expliqué que la presión acecha hasta en los velatorios y puede ser muy dura de sobrellevar en ciertas etapas de la infertilidad. Y cuando ya más o menos he avanzado de nivel, he ganado mil puntos de resiliencia suprema, he encontrado mi equilibrio personal y divino e inventado respuestas para toda clase de situaciones, resulta que tu entorno se ha ido desmembrando, y aparece el último punto de lo que la infertilidad de mierder ha traído a mi vida.


10. Me siento más sola

Ajá, repasemos los puntos anteriores: he estado muy triste, me he amargado bastante, el significado de lo que me rodea tiene una nueva dimensión, hay cosas que prefiero guardarme bien adentro, mi relación de pareja se ha resentido y las interacciones sociales propias de la edad y entorno en el que me encontraba tienden a hacer presente el maldito asunto infértil. ¿A alguien le extraña que con estos ingredientes me sienta y esté más sola y haya amistades y relaciones que valoraba que se hayan enfriado un montón?

En especial, las que más se han estropeado son con los amigos que han sido padres en el tiempo que nosotros llevamos buscando. Y es que conciliar el mundo fértil y el infértil requiere unas dosis de empatía, generosidad y comprensión mutua que al menos yo no he sido capaz de gestionar durante la etapa de dolor agudo inicial después del diagnóstico.

Sí, he tenido esa punzada llena de sentimientos encontrados cuando he recibido el anuncio de un nuevo embarazo, no he sabido dónde meterme cuando me han puesto un bebé cerca o directamente en brazos, me han dolido en el alma los infinitos comentarios bienintencionados de amigas y me han llegado a importunar cuando a pesar de mis caras o reacciones, se han hecho reincidentes. Las madres y padres recientes quieren hablar de sus hijos y yo como infértil convaleciente, niños y reproducción era el último tema del que me apetecía hablar. Claro, visto desde el otro lado, imagino que se hace un poco extraño y molesto que no preguntes por los retoños. Ya advertí que yo peco de todo, pensamiento, palabra, obra y omisión.

Lo que no quita que haya muchas personas a las que he echado de menos, que sabían lo que me estaba ocurriendo y no han sacado el tema, o peor, lo han sacado con tan mínimo acierto que no me han quedado ganas de repetir experiencia. Que tampoco han dicho “¿cómo estás, necesitas algo, me tomo un café contigo, me acerco a verte a casa?” 

Y no las culpo, acertar es complicado cuando una está tan sensible y comprendo que las prioridades cambian, el tiempo escasea y cada uno tiene sus problemas, y yo tampoco he estado ahí para escuchar sus andanzas como padres, es la realidad.

Para ser justa y poner peso en el lado positivo de la balanza, he de decir que otras amigas de las que ni siquiera sé si la maternidad entra en sus planes porque no había sido un tema de conversación entre nosotras ni han querido compartirlo conmigo después, han reaccionado con un cariño y una sensibilidad extraordinarias y me sigue llegando al alma cada vez que me dan un abrazo apretado. 

En resumen, no mola alejarte de gente importante para ti porque te superan las circunstancias. No mola que la gente que es importante para ti no entienda por lo que estás pasando. No mola nada.



En fin, que la infertilidad es así, te pone contra las cuerdas y 10 cosas se quedan cortas. Va a seguir lloviendo ahí fuera una larga temporada… me iré pillando un chubasquero que suelen estar de oferta en primavera y no descarto volver a escribir sobre ello de vez en cuando. La dignidad a tomar por saco.




5 comentarios:

  1. Me identifico plenamente contigo. Sobre todo en el tema de las fechas señaladas o los nacimientos de bebés cercanos. El día de la Madre me afectó mucho más de lo que yo pensaba, creí que ya estaba el asunto superado, pero no. Tampoco ayuda el nacimiento de un sobrino (al que quiero con locura) y el próximo nacimiento de otro sobrino (al que querré con locura). Y mucho menos la mierda de cuerpo que tengo, que me duele la vida cuando tengo el período (y no metafóricamente)

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    1. ¡Ay, Meg! Un día escribiré sobre el mundo fértil, el infértil y los pocos espacios en los que creo que se dan la mano y llegan a tocarse y cómo veo yo el mundo desde el lado que me ha tocado... He llegado a la conclusión que son los nacimientos más cercanos los que más duelen, porque son en los que más nos reflejamos y nos devuelven nuestras carencias y monstruos internos; el caso de sobrinos, hijos de primos cercanos y amigos íntimos es durísimo, la mezcla de sentimientos es explosiva.
      Por el cuerpo, es una ful :( una especie de "discapacidad" invisible...
      Solo puedo mandarte un abrazote enorme. Me gusta verte `por aquí.

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  2. Para mí la mayor mierda de la infertilidad es precisamente que nos pongamos a reflexionar sobre las mierdas de la infertilidad. Es decir, que nos hagamos conscientes de cómo tiemblan los cimientos de nuestra p**a vida y que todo lo que ha valido (y funcionado a las mil maravillas) durante años, de repente se va a la mierda. Los amigos, las prioridades, los modus operandi, la vida de pareja, el ocio... A veces hasta el p**o corte de pelo deja de servirnos por culpa de la infertilidad. Y encima, de puertas afuera tienes que llevar una sonrisa de oreja a oreja y caminar como si en tu cabeza sonara Barry White porque se nos exige no decaer, chutarnos ilustraciones de Mr Wonderful y pensar que lo mejor está por llegar.
    Me encanta la entrada pero me repatea el hígado que tengas que sentir esas cosas

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    1. Ains, ¿pero cómo no ser conscientes y darle la espalda al terremoto que llega, si como bien dices los cimientos se tambalean y hay que reinventarlo todo y aprender a moverse en un nuevo paradigma? La mirada del mundo se transforma completamente. Y me caguentó contigo en Mr Wonderful, Paulo Coelho, la lucha, el "se puede", el "llegará"... porque no, lo siento, no es verdad; los peores escenarios también ocurren. Y es más, si pudiera ser madre gracias a tratamientos o adopción o acogida, la infertilidad seguiría ahí. Infértil lo voy a ser siempre.
      Te mando un abrazo muy grande y espero que algún día los sentimientos amainen.

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    2. Tengo 41 años siempre quise ser padre, estuve intentandolo muchos años con mi primera pareja y no pudo ser. La relación se termino y yo sigo manteniendo la esperanza de encontrar una mujer a la que querer y que me quiera para formar una familia. No se si la vida me dara ese gusto pero no me quejó. Disfruto de mis dias como si no fueran a llegar otros, me encuentro bien y he aprendido despues de vivir muchos años en Africa que la felicidad es vivir en Europa aunque sea con poco. Estamos acostumbrados al exito y vivimos obsesionados con el. Cuando nuestros planes no salen como habiamos pensado nos enrrocamos en pensamiemtos negativos que no llegan a ninguna parte que nos paralizan y nos ciegan. Hace tiempo que pienso que es un milagro que todos los dias siga saliendo el sol y que no hay mejor momento que el presente pues todo lo demas son recuerdos o ilusiones. Planifico lo justo y me centro en el hoy que mañana ya veremos. Pienso en la suerte que tengo de tener a mis seres queridos con salud y comparto todo el tiempo que puedo con ellos porque casi siempre antes no saboreaba con toda la intendidad el presente pensando que todo era transitorio hacia un mañana mejor que gran error. Solo se me ocurre deciros que si vivis pensando en el pasado o en el futuro os vais a perder lo unico que importa el aqui y ahora. Animo y suerte.........

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